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LA SOBERBIA, «ULTIMO DEMONIO» Justamente se advierte que, los que se esfuerzan por llevar una vida espiritual, están más expuestos al peligro del verdadero orgullo. Este vicio es el «último demonio» que ataca a los que se han liberado de los precedentes. Y es más fuerte que todos los anteriores. Sugiere a la conciencia la superioridad sobre el prójimo a causa de las propias buenas obras, del conocimiento teológico, de la vocación al estado religioso. Se dice que el orgullo precede a la caída. El orgulloso cae fácilmente en el pecado. El teólogo soberbio de sus conocimientos al final profesa errores: «La autosuficiencia del propio juicio es, según Teodoreto de Ciro, la enfermedad más grave de los intelectuales que han perdido la humildad. Estos desprecian toda iniciativa y consejos de los otros. Su dicho preferido es: o se hace como yo quiero, o me niego a colaborar». La vanidad es un vicio mucho menor. Hay quien se deja admirar por sus abundantes cabellos, por una voz bonita, por su capacidad intelectual, por sus orígenes nobles. El que busca la gloria en las cosas «vanas» vale poco en comparación con los verdaderos valores de la vida. San Francisco de Sales dice que, por mucho que se trate de una «pasioncilla» ridícula (y a pesar de esto, la gente tiene el valor de envanecerse), tiene una larga vida: muere, se dice, «sólo media hora después de la muerte del hombre». Hasta el último respiro estamos ligados al respeto humano. En su estado más evolucionado, la vanidad conduce a la falta de sinceridad, a la mentira, suscita luchas, hace derrochar el dinero. En tal caso se llama también «respeto humano», pero en su peor sentido: a costa de no perder la admiración, la gente comete vicios y, para ser alabada por los pecadores, llega a cometer pecados. Los autores espirituales comparan la vanagloria con un ladrón que acompaña a un viajero fingiendo tener el mismo destino, pero después, inesperadamente, le roba. El vanidoso, a menudo, es trabajador, observa las recomendaciones, frecuenta la iglesia. Cuanto más celoso es, más desea ser alabado. Pero, al final, pierde los méritos adquiridos por sus buenas obras, porque, de hecho, no las ha cumplido para Dios, sino para vanagloriarse de ellas.
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