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EL OCTAVO
SACRAMENTO
Decía Adela Kamm: «Es necesario saber florecer allí donde Dios nos ha plantado». Ella supo florecer así. Adela Kamm fue la maestra del dolor fructífero. Nueve años de enfermedad: pulmón, cabeza, corazón, ojos sucesivamente heridos; dos mil inyecciones de suero, diez operaciones y la muerte a los veintinueve años, en plena juventud... Esta es la hoja de servicios de Adela Kamm al Dolor. Y Adela Kamm llega a Lourdes y se ve rodeada de enfermos que gritaban con angustia: «¡Señor, haced que yo vea! ¡Señor, haced que yo oiga! ¡Señor, haced que yo ande!...».Pero ella decía sencillamente: «¡Señor, haced que yo acepte!» Y porque aceptó, la luz empezó a hacerse en ella, y empezó a cumplírsele la esperanza que había expresado cuando dijo: «Algún día llegaré a conocer la misteriosa razón de todos estos dolores que parecen inútiles». Desde entonces fue la doctora del Dolor. Sufría, resistía su dolor. Escribía: «Me pregunto qué es necesario para morir». Y sonreía... Era su modo de rezar. Y cuando la enfermedad la inmovilizó absolutamente, añadía: «La enfermedad es una vocación. Hay que aprender a ser paralítico como se aprende otra profesión cualquiera». Y sonreía... Era su manera de desafiar al Dolor. Y cuando, al fin, el 10 de mayo de 1911, la hora suprema llamaba a sus puertas, murmuraba: «¡Dios mío! Retrasad el momento hasta que no quede un punto de mi cuerpo que no esté martirizado ni una parte de mi alma que no esté purificada». Y sonreía... Era su manera de morir. Hay que saber capitalizar el dolor y ponerlo a renta de alegría. Es toda la nueva y grande verdad. El dolor es un signo de predestinación. Rebelarse contra el dolor -decía el cardenal Mercier- es agravarlo: cuando el niño se agita bajo las manos maternales que lo curan encona sus heridas. El Dolor es la condición de todo progreso humano, y el sufrimiento aceptado con vistas a una finalidad superior y legítima es la honra de la Humanidad. Nada grande se ha hecho fuera de la vía del Dolor. De vías de amargura está cruzado el mundo, y sólo por ellas se llega a los altos fines. Vía de la amargura fue la cuesta del Calvario, y la ruta descubridora de Colón, y el camino de incomprensiones de Cervantes o Beethoven. El Dolor es el precio de la Gloria y es el llamamiento de la Gracia. ¡El Dolor es el octavo sacramento!
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