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EL MEGÁFONO El
gran argumento al que se han agarrado desesperadamente los ateos de todos los
tiempos ya lo formuló brevemente el poeta latino Lucrecio Caro un siglo antes
de Cristo: «Si Dios hubiera creado el mundo, no sería un mundo tan débil e
imperfecto como el que tenemos.» Una versión más popular lo formularía así:
Si Dios ,fuera bueno y todopoderoso, ¿no podría impedir el mal y hacer triunfar
el bien y la felicidad entre los hombres? No
obstante, es muy difícil imaginar un mundo en el que Dios corrigiera los
continuos abusos cometidos por el libre albedrío de sus criaturas. Un mundo
donde el bate de béisbol se convirtiera en papel al emplearse como arma, o
donde el aire se negara a obedecer cuando intentáramos emitir ondas sonoras
portadoras de mentiras e insultos. En un mundo así, sería imposible cometer malas acciones, pero eso supondría anular la libertad humana. Más aún: si lleváramos el principio hasta sus últimas consecuencias, resultarían imposibles los malos pensamientos, pues la masa cerebral utilizada para pensar se negaría a cumplir su función cuando intentáramos concebirlos. Y así, la materia cercana a un hombre malvado estaría expuesta a sufrir alteraciones imprevisibles. Por
eso, si tratáramos de excluir del mundo el sufrimiento que acarrea el orden
natural y la existencia de voluntades libres, descubriríamos que para lograrlo
sería preciso suprimir la vida misma o introducir el caos. Esto
no muestra el sentido del dolor. Ni demuestra por qué Dios sigue siendo bueno cuando lo permite. Pero el dolor, la injusticia y el error
son tres tipos de males con una curiosa diferencia: la injusticia y el error
pueden ser ignorados por el que vive dentro de ellos, mientras que el dolor, en
cambio, no puede ser ignorado, es un mal desenmascarado, inequívoco: toda
persona sabe que algo anda mal cuando ella sufre. Y es que Dios nos habla por
medio de la conciencia, y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como
megáfono para despertar a un mundo sordo. Un hombre injusto al que la vida sonríe
no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el
sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien. El
dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un instrumento terrible. Puede
conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero también puede ser la única
oportunidad del malvado para corregirse. El dolor quita el velo de la apariencia
e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde. El
dolor es doloroso y como decía un escritor inglés: «Si conociera algún modo
de escapar de él, ¡me arrastraría por las cloacas para encontrarlo.» Su propósito
es poner de manifiesto lo razonable y verosímil de la vieja doctrina cristiana
sobre la posibilidad de perfeccionarse por las tribulaciones. |
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