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¿CÓMO ERA JESÚS?

 Jesús es «el Cristo, el hijo de Dios vivo» (Mt 16, 17). El es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

   El es el pan y la fuente de agua viva para nuestra hambre y para nuestra sed. Es el pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo y nuestro hermano. El, como nosotros y más que nosotros, ha sido pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido y paciente.

   Jesús es un personaje de nuestro mundo y de nuestra historia. Nace en el reinado de Augusto, muere en el de Tiberio. Es contemporáneo de Filón, de Tito Livio, de Séneca. De la generación inmediata a la de  Nerón, Flavio Josefo, Plutarco, Tácito. Rabinos de su tiempo son Hillel, Sammay, Gamaliel. Recordad a Herodes, Pilato, Caifás...Jesús era un judío y no ha dejado de serlo. Jesús era plenamente un hombre de su tiempo y de su ambiente, cuyas angustias y esperanzas ha compartido.

   Esta afirmación recuerda una anécdota de Juan XXIII, narrada por  Pinchas Lápide, quien había llevado de regalo al Papa un álbum de las obras de Chagall. El Papa se quedó observando la piadosa pintura del «judío rezando» y después de un momento preguntó:

-«¿Cómo se llaman las correas éstas?». -«Filacterias, santidad», replicó.

-«Eso ya lo sé; pregunto la palabra hebrea». -«Tefilin».

-«De tefilá, que es oración ¿no?». -«Sí, señor».

 -«Y el pañolón de rezar se llama talit, ¿no?». Pinchas Lápide asintió. Se produjo un largo silencio. Por fin dijo el Papa, casi hablando consigo mismo:

 -«Así es como me lo imaginé yo siempre. Con talit y tefilin en los hombros y en la frente... al rabino Jesús de Nazaret». Jesús pertenece a nuestro mundo y a nuestra historia, pero es diferente, no es como los demás. Es inclasificable, pues rompe todos los esquemas y los rebasa. Desconcierta. Es Dios pero también es hombre. Y esa santa humanidad ha enamorado a sus santos.

 Un martes, 22 de septiembre de 1523, S. Ignacio de Loyola ante la prohibición del provincial de los franciscanos de que se quedase para siempre en Tierra santa, visitó por última vez el monte Olivete  ya que no era voluntad de nuestro Señor que él se quedase en aquellos santos lugares. Esta escapada solitaria al lugar de la ascensión, tiene por finalidad, como él afirmó, volver a ver las huellas de los pies del Salvador, al abandonar su tierra. A la vuelta, descendiendo él del monte Olivete, tuvo de nuestro Señor el don que le parecía que veía a Cristo sobre él siempre..

En este episodio se encuentra una tierna devoción a la humanidad de Jesucristo y la búsqueda de la dirección a tomar, buscando su camino tras las huellas del Señor.

 

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