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BUSCAR Y ENCONTRAR A DIOS
La Iglesia nos enseña que nuestra razón puede conducirnos al convencimiento de que Dios existe. Esto constituye un gran elogio para la naturaleza humana: una y otra vez la Iglesia ha defendido la dignidad y capacidad de la facultad racional que Dios ha otorgado al hombre. ¡Qué gran milagro es el de la razón! ¿No es asombroso cuando algo repentinamente se muestra «claro» a nuestro entendimiento? ¿O cuando alguien «comprende» lo que le enseñamos? ¿O cuando un investigador realiza un descubrimiento? Pero aún es más sorprendente que descubramos que la realidad no es caótica sino maravillosamente ordenada. Somos capaces de descubrir este orden porque existe. El mundo no es un ciego revoltijo sino una ordenada, adornada, maravillosa realidad. ¡Y hemos dejado de sorprendernos! Lo damos por supuesto... No es lo corriente que exista un planeta como en el nuestro en el universo; un planeta que posea las extremadamente improbables condiciones que hagan en él posible la vida. Y más sorprendente es que existamos los humanos, capaces de conocer y maravillarnos. Los filósofos señalan la admiración como origen de la filosofía. La Sagrada Escritura va más allá cuando afirma que el temor de Dios es origen de sabiduría y que sólo es el necio quien niega la existencia de Dios. Tomás de Aquino sostiene que Dios es la realidad más fácil de conocer pues nada hay más radiante, claro y verdadero que Dios mismo. Sólo Dios satisface plenamente nuestras ansias de conocimiento. En eso consiste el cielo: ver y conocer a Dios constituirá nuestra felicidad perfecta. ¿Por qué nuestro conocimiento de Dios es a menudo tan débil y nebuloso? Las causas son muchas. Nuestra razón es débil; estamos preocupados por lo inmediato, enganchados a lo superficial de las cosas, paralizados por un letargo intelectual que procede del pecado original. Evitamos el esfuerzo que supone la búsqueda de la verdad. Permaneceríamos en la oscuridad si Dios no se hubiera acomodado a nosotros de una nueva forma: a través de la Revelación. C.S.
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