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EL ALMA NECESITA FIESTAS (EL AÑO LITÚRGICO)

 

En las fiestas encuentra el alma un clima propicio para poner al descubierto algunos de sus aspectos esenciales. Una fiesta sólo es fiesta cuando se vive. Al vivirse el espíritu de la fiesta, se pone en movimiento algo importante en el alma. Cada fiesta tiene su propio lenguaje, y a través de ese lenguaje se dirige a las necesidades del alma, a sus temores y peligros, y señala caminos para librarse de ellos. Cada fiesta tiene también su peculiar virtud terapéutica. Y como las fiestas se distribuyen a lo largo del año, basta con dejarse impregnar de su espíritu para que el cuerpo y el alma recuperen su propio ritmo.

El año eclesiástico conmemora diferentes fiestas, cada una de las cuales llega con diferentes aspectos y mensajes.

El Adviento es tiempo de espera y esperanza, tiempo propicio para hacer que la fuerza de los instintos se transforme en ardientes deseos de Dios que viene.

Navidad es un comienzo nuevo. No estamos atados a la historia de nuestros pecados y flaquezas. El nacimiento de Jesús inaugura un comienzo nuevo. Si Cristo nace en nosotros, ya podemos ponernos en contacto directo con la imagen auténtica de Dios, sin deformaciones ni falsificaciones.

La cuaresma es tiempo de reflexión y purificación. En ella nos ponemos frente a nuestro pasado, reducimos los alimentos con el ayuno, nos hacemos conscientes de nuestras dependencias, de nuestras verdaderas necesidades. Una purificación del alma al comienzo del año y un control de austeridad en el cuerpo producen siempre efectos positivos.

El tiempo de pasión nos brinda la gran ocasión para analizar las dolencias y debilidades del espíritu a la luz de la pasión de Cristo. No hay por qué apartar la mirada de nuestras fealdades y miserias.

El tiempo de pasión nos pone ante nuestra realidad, nos libra de la ilusión de pensar que podemos vivir sin faltas. Pero también nos enseña a mirar esas faltas de otra manera. Las faltas no nos excluyen de la vida. Al contrario, nos llevan a sentir más cerca la presencia de Jesús. La Pascua trae un mensaje de esperanza.

 La Pascua es una invitación apremiante a levantarnos y salir del sepulcro de nuestros miedos y depresiones, a empezar una vida nueva. Se han roto las cadenas que nos retenían sujetos. Pentecostés es la fiesta del Espíritu. El Espíritu sana con su virtud nuestras heridas y nos llena de nueva vida. Para vivir esa vida no necesitamos esforzarnos, como si tuviéramos que hacerlo todo por nosotros solos. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, nos invade con su virtud y nos hace libres.

Todas las enfermedades del alma pueden curarse. Basta con introducirse en la dinámica interna de esas fiestas.

 

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