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lecciones de la naturaleza y de la historia

LA PECULIARIDAD DEL PUEBLO HEBREO

¿Que tenían de particular en la antigüedad los hebreos entre todos los demás pueblos, más poderosos y más cultos? Sólo esto: la conciencia de que Dios estaba con ellos.

Cuando se funde una bombilla en nuestro cuarto es más importante saber cambiarla que conocer la causa primera que origina la luz. Si los antiguos griegos se concentraban de buena gana en las consideraciones intelectuales, los hebreos del Antiguo Testamento estaban orientados permanentemente a la vida práctica. Por eso miraban su historia y tenían que reconocer que no eran más que una nación pequeña e insignificante entre las grandes potencias del momento, como Egipto o Siria. Sin embargo, no se les escapaba una cosa increíble: el poder de los grandes pueblos se derrumbaba, mientras que este pueblo hebreo, pequeño e insignificante, seguía vivo.

E incluso después de las catástrofes, siempre resurgían a la vida. ¿Cómo se puede explicar? Es inexplicable desde la fuerza natural que tenía esa nación. En las desgracias, los hebreos siempre estaban divididos, en desacuerdo. Por lo tanto, la única explicación estaba en el hecho de que detrás de ellos estaba Alguien que los protegía, que continuamente entraba en su historia para salvarlos en las situaciones desastrosas. Era el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob. Era Yahvé que estaba con ellos, el Emmanuel.

Y cuando llega la plenitud de los tiempos, la presencia de Dios es más intensa y Dios nace como hijo de ese pueblo al cual siempre descendía. Se hace Hijo del Hombre, sin dejar de ser el Hijo de Dios. San Juan sintetiza este gran misterio en dos frases: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

Con este maravilloso hecho se concluye el Antiguo Testamento. Dios, que descendía progresivamente en medio de su pueblo, se hace el Emmanuel, viviente en medio de nosotros.

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