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lecciones de la naturaleza y de la historia

  LECCIONES DE LOS ÁRBOLES

Aunque el abedul no es árbol mediterráneo, fue conocido desde la Antigüedad clásica por abundar en los países limítrofes del norte de Europa y por el uso general que se hacía de su madera, de sus ramas y de sus "temibles" ramillas, las cuales, a guisa de vergajos, se hacían respetar en manos de los preceptores de otros tiempos.

La primera mención de las virtudes medicinales del abedul se atribuye a Santa Hildegarda (siglo XII). Propiedades diuréticas, antinefríticas y disolvente de arenillas y piedras urinarias. Sus tisanas activan la diuresis, de manera especial en los gotosos.  A fines del invierno en algunos países recogen la savia, que es capaz de fermentar cuando se le añade levadura de cerveza o de vino, y se convierte en agradable bebida.

Es un árbol de buen ver, aunque no suele elevarse demasiado. Del abedul podemos aprender que no hace falta elevarse sobre los demás para ser útil.

El haya es árbol de gran porte, de corteza lisa y de color ceniciento, de hojas ovaladas, un poco apuntadas en ambos extremos y con dientes marginales. Florece al comenzar la primavera y fructifica a fines del verano. Se cría, sobre todo, en las cordilleras Pirenaica y Cantábrica. Por lo general se le encuentra entre los 1.000 y 1.700 m., pero en los típicos hayedos del País Vasco desciende casi hasta el nivel del mar. En la corteza del árbol, a la que la imaginación popular atribuye propiedades febrífugas, se encuentran materias tánicas, pectina, fitosterina, etc. El fruto del haya es manjar gratísimo a los tordos, a los ratones, a las ardillas y a los lirones. 

El haya tiene una peculiaridad que no podemos olvidar: el sotobosque de plantas que se forma al pie de los hayedos sólo crece y florece en primavera. ¿Por qué? Pues porque el haya es árbol de hoja caduca, la pierde en invierno y sólo mientras está desnudo de hojas los rayos del sol pueden atravesar el hayedo y alimentar con su luz las plantas que crecen a sus pies. De las hayas podemos pues aprender que sólo cuando nos desnudamos de nuestras ambiciones y egoísmos podemos dejar vivir y hacer grata la vida a los demás.

Los robles y las encinas son árboles belloteros. Las encinas, el alcornoque y la coscoja, especies que se crían en los países mediterráneos, de clima benigno en invierno y muy seco en verano, conservan las hojas verdes todo el año. Las que viven mas al Norte o en umbrías y humedales sólo tienen verdor desde que echan las hojas nuevas en primavera hasta el otoño, en, que deshojan. Así los robles y quejigos.

La encina tiene muchos nombres en castellano. Uno de los más frecuentes es carrasca o carrasco. Son muchas las especies de encinas y robles en la Península Ibérica. De todos estos árboles se utiliza la corteza de los troncos jóvenes, rica en materias tánicas, que se arranca en primavera con destino a las curtidurías. Las bellotas contienen féculas, azúcares, grasas y tanino.  El corcho esta formado por partes muertas del vegetal que pueden arrancarse al alcornoque sin causarle daño. Las encinas son árboles de raíces profundas y fuertes. Tanto que tras un incendio -a diferencia de los pinos- rebrotan por sí mismas si se les da tiempo.

Son como las personas enraizadas en Dios: cuanto más lo están  tanto más resistentes son a las embestidas de  de las situaciones adversas.

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