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lecciones de la naturaleza y de la historia

LA FORTALEZA DE LA SOLEDAD

Un árbol aislado es un símbolo. Olmos elegantes, hayas patriarcales, encinas y arces magníficos, son árboles que han combatido una larga y dura batalla y mostrado su fuerza. Por más de un siglo han conocido las tempestades del invierno. el milagro de la primavera y el calor del verano.

Hace cien años una menuda simiente encontró refugio en un puñado de mantillo y una raíz blanca v minúscula ahondó en la tierra; un sutil brote subió hacia el cielo y las estrellas. En el curso de decenios, mientras una nación hacía guerra, aumentaba la propia potencia y exploraba el espacio, los árboles aumentaban la altura.

El ganado ha descansado a su sombra; los pájaros se han construido la casa entre las ramas. Raíces nudosas se han extendido lejos en busca de alimento, mientras el tronco Y las ramas se desarrollaban. Hombres Y mujeres han levantado los ojos a los árboles y en sus momentos serenos han encontrado inspiración para afrontar las pruebas de la vida.

Un árbol aislado presenta cualidades que el hombre admira. Ha afrontado y vencido los temporales de la vida; se ha doblado pero no quebrado ante fuerzas potentes. Tiene los pies en la tierra, pero la cabeza vuelta al cielo.

Todos los hombres están aislados. Cada uno tiene su refugio privado donde ningún otro puede entrar.

Un hombre con los pies en tierra y la cabeza vuelta al cielo como un sólido árbol tiene una sólida base que resistirá la prueba cuando las tempestades le asalten. Un hombre así fue Benito de Nursia (480547) que ha ejercido una influencia histórica en todo el mundo.

En este monje barbado de hábito negro, con el rostro iluminado por una luz indecible, lo que más atrae son los ojos, limpios y profundos, pendientes de una lejanía que está más allá de lo que podemos ver. Lleva una pluma en la mano y está escribiendo en un libro santas palabras sobre la humildad y la obediencia. Así le vio un anónimo español del siglo XVI en cierto cuadro que se conserva en el monasterio de Leyre.

No es mucho lo que se sabe de él. Que nació en Nursia, en la Umbría, y que estudió en Roma, cuyo ambiente debió de sentir tan amenazador para su fe que prefirió retirarse a la soledad para hacer vida ascética. Más tarde le volvemos a encontrar en Subiaco, donde se le unen discípulos y funda doce monasterios de los que es superior.

Hasta que, después de graves vicisitudes entre las que no faltan la calumnia y un intento de envenenamiento, se instala en las alturas de Montecasino, entre Roma y Nápoles, y sobre las ruinas de un templo pagano levanta el gran monasterio cuna de la orden benedictina. Allí escribió su famosísima regla que iba a adoptar todo el orbe cristiano, modelo de espiritualidad y discreción, que es como uno de los documentos fundacionales de la antigua Europa.

Patrón de Europa le nombró precisamente el papa Pablo VI, ya que su regla, por la que se rigen hoy unos cuarenta mil monjes de todo el mundo, ha hecho que el patriarca del monacato occidental fuera uno de los grandes constructores de la personalidad europea. Montecasino es nuestro símbolo de cultura cristiana, sobre cimientos paganos, arrasado por los bárbaros y destruido nuevamente en la segunda guerra mundial, persistiendo en medio de las peores tormentas como una lámpara que no se apaga y que encendió Benito.

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