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 anecdotas y reflexiones 

Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

 

lecciones de la naturaleza y de la historia

ELOGIO DEL ÁRBOL

Ha llegado a mis maños, desde Uganda, el escrito de un misionero peruano. En su folio y medio me habla del árbol. «¿Quién puede medir el gran beneficio de un árbol?», comienza el escrito. «Ante todo, éste es un elemento que favorece el medio ambiente inmensamente». Luego de unas pinceladas históricas sobre esta planta en el continente africano, continúa nuestro misionero: «En la vida cotidiana, el árbol nos brinda muchos beneficios. Veamos algunos ejemplos concretos. La comunidad cristiana, cuando es numerosa, se reúne bajo la protección de un frondoso árbol para celebrar la Eucaristía. Igualmente, el padre imparte el sacramento del perdon bajo la sombra de un árbol. El penitente, a su vez, acude a otro árbol cercano para agradecer a Dios el perdon recibido. También el catequista busca la frescura de un árbol para impartir sus lecciones. Y el profesor, debido al gran número de alumnos, no pocas veces se protege bajo una acacia para dar sus clases».

«Es un hecho que sin árboles nuestra existencia sería imposible. Justamente por eso, el misionero, desde su llegada a estos lugares, comprendió la importancia de los árboles y de la vegetación en general. Y apenas se instalaba en un lugar, junto con la enseñanza del catecismo se interesaba por plantar árboles. Se podría decir que el árbol conduce y muestra a Dios Creador, al Dios de la vida».

«Finalmente, ¿qué decirte a ti, árbol? Gracias por el aire puro y por proteger nuestro ambiente. Gracias por ayudar al misionero, al catequista, al profesor y al funcionario. Gracias, Padre bueno, por tu maravillosa creación, gracias por darnos los árboles; también ellos nos llevan a Ti».

Motivado por las reflexiones de nuestro misionero desde Uganda, alargo mi agradecimiento a los misioneros y misioneras por los árboles plantados, por los huertos y jardines que encontramos en tantas misiones, por las obras de desarrollo realizadas silenciosamente, por tanto proyecto de agua potable, de salud, de paz y justicia, de fraternidad sembrada, más allá de sus límites y equivocaciones. Porque si toda persona tiene «vocación ecológica», como nos recordó Juan Pablo II con ocasión de la Cumbre de la Tierra en Johannesburgo, el misionero es un agente metido en el tema. De ello puedo dar fe por haberlo visto y por propia experiencia.

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