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lecciones de la naturaleza y de la historia

EL VIAJE DE DOROTEO

Su nombre de pila era Doroteo (don de Dios), pero ahora, como no cree ni en los rejos de las campanas, lo cambió por Ateo. Hasta los primeros años de su juventud fue creyente, pero luego, influenciado por filosofías materialistas, abandonó la fe, porque «creer en Dios y todo lo relacionado con Él, no pasa de ser ingenuidad». Así se lo dijo a sus padres, muy preocupados por su hijo.

Sumido estaba un día Don Ateo en sus reflexiones, cuando escuchó una voz: la de su ángel de la guarda. Le dijo: «Amigo, los argumentos para demostrar que Dios sí existe, son numerosos, algunos tan sencillos como convincentes. Voy a llevarte conmigo para contemplar la Obra de Dios. En ella se refleja como en un espejo, el poder y la sabiduría..., la belleza y la ternura de Dios Creador. Su perfección infinita».

Tomando a Don Ateo de la mano, lo llevó a la velocidad del sonido, por valles y llanuras cubiertos con alfombras de césped y de inmensos tapices de toda clase de flores hermosas, perfumadas. Lo llevó a las selvas vírgenes tupidas de árboles gigantescos, entrelazados por lianas florecidas. Lo subió a las cimas de montañas nevadas y le hizo ver el imponente paisaje, que sólo desde esas cumbres puede verse. Lo transportó sobre las olas enfurecidas del océano y le hizo ver la penetración turbulenta de las aguas dulces del Amazonas en las saladas del mar, por cientos de kilómetros antes de mezclarse. Luego, a la velocidad de la luz, lo transportó en un segundo a la luna, en ocho minutos al sol. Don Ateo se quedó estupefacto ante todo lo que observaba, especialmente ante la majestad del astro rey, con sus llamaradas de cientos de kilómetros de altura. Más se asombró cuando el ángel le dijo que el sol era una estrellita insignificante, en comparación de otras gigantescas estrellas situadas a miles de años luz unas de otras. Entonces, a la velocidad con la que vuelan los ángeles, igual a la del pensamiento, Don Ateo fue llevado a dar un periplo por el espacio sideral y pudo contemplar miríadas de galaxias, compuestas por millones de estrellas.

Luego el ángel trajo a Don Ateo de nuevo a la tierra y le dijo: «Lo que has visto es parte muy modesta de la Obra de Dios. Podría mostrarte otras cosas, pero temo fatigarte».

En ese momento Don Ateo, se postró en el suelo llorando como un niño. Se sentía el ser más extraño. ¿«Cómo pude cerrar tanto mis ojos para no descubrir a Dios en la majestad del firmamento y en las maravillas del mundo»? Y volvió a llamarse Doroteo.

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