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lecciones de la naturaleza y de la historia

EL JUGADOR

Hugo Betti (1892-1953) fue un dramaturgo y poeta italiano. Participó en la primera guerra mundial siendo apresado en Caporetto. Acabada la guerra entró en la magistratura y fue destinado primero a Parma y después a Roma. Comenzó su carrera literaria con recopilaciones poéticas y narraciones cortas. Su fama, no obstante, se la granjeó como dramaturgo con piezas teatrales llenas de alegórica poesía entre las que destaca II Giocatore, el Jugador, que compuso en 1950.

En ella narra la historia un hombre que descubre la verdad de su esposa cuando ella ya ha muerto. Una mujer débil, aplastada por un hombre de enorme personalidad. Una mujer a la que este gigante no llegó a ver, ni a conocer, porque era tan grande que sólo la veía «de lejos»: lo que tenía a su lado no lo percibía. Y tendría que venir la muerte para descubrirle que su mujer era infinitamente más amable de lo que él creyó y empezaría a enamorarse verdaderamente de ella... cuando ya era tarde. Cuando podía, lo más, gritarle al infinito que la quería, que quisiera casarse ahora plenamente con ella. Pero sin recibir ya otra cosa que el eco de sus gritos.

Muchas esposas de grandes hombres ( o que se creen grandes hombres) han sido y son verdaderas mártires: tienen tantas hazañas que realizar (construir puentes, escribir libros, defender pleitos, reformar el mundo) que acaban por olvidarse de que nada hay tan importante como amar a su mujer, compartir tiempo y palabras con ella, o jugar a los trenes con los niños.

Tal vez todos somos grandes... en egoísmo, Por eso hay tantos divorcios de corazón, mujeres abandonadas aunque con marido. Y viceversa.

Aunque parezca una paradoja nada enseña a vivir tanto como la muerte. A su luz descubrimos que vivir corre prisa, que hay que quererse mucho en esta tierra el poco tiempo que se nos conceda, que no vale la pena ignorarse y desconocerse para luego lamentar, tras la partida, el no haberse querido lo suficiente.

La muerte en lugar de acoquinarnos, debería servirnos de acicate; en vez de apocarnos debería darnos unas tremendas ganas de vivir y de amar.

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