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lecciones de la naturaleza y de la historia

LA MUERTE DE LAVOISIER


    Antoine Laurent de Lavoisier, que fue guillotinado el 8 de mayo de 1794, era hijo de un rico comerciante. Había nacido en 1743 y, a los veintitrés años, publicó su célebre libro Memorias sobre el mejor sistema de alumbrado de Parls, que obtuvo el premio de la Academia de la Ciencia, de la que, unos años más tarde, fue elegido miembro. Se le considera como el verdadero creador de la química como ciencia, por haber definido la materia por su propiedad de ser pesada, por haber introducido el uso sistemático de la balanza, a cuyo perfeccionamiento dedicó especial atención, y por haber formulado las leyes de la conservación de la masa. Realizó asimismo la síntesis del agua, enunció el mecanismo de oxidación de los metales en contacto con el aire. Fue autor, además, de las primeras medidas calóricas y calculó los diversos valores de los calores específicos o calores de reacción química. Fue también el primero que intuyó la importancia de la química aplicada a la biología.

    Pero todos estos trabajos no deben hacer olvidar que, además, tuvo gran vocación política que le llevó a ocupar cargos en tiempo de la monarquía y que fue la causa de su ejecución. Para el tribunal que le juzgó era simplemente un señor que ocupaba un cargo en el antiguo régimen. Estuvo detenido durante cinco meses y nadie, o casi nadie, quiso firmar una carta solicitando su salvación: sea por miedo, sea por la firme decisión popular de acabar violentamente con todo lo que estuviera relacionado con la situación anterior sin atender a la realidad personal. El tribunal no juzgaba quién se era sino lo que se era. Y a pesar de que, según la opinión más generalizada, él pidió que se aplazara, por quince días, la ejecución para poder acabar un trabajo que estaba haciendo sobre la fisiología de la respiración humana, fue ejecutado puntualmente. Fue entonces cuando alguien pronunció la imbecilidad legendaria: «La República no tiene necesidad de químicos», según unos, o de sabios, según otros. Quién la pronunciara, no se sabe.

    Normalmente tras las muertes sin sentido y arbitrarias, tras las matanzas y genocidios existe siempre una profunda degradación del concepto de persona humana. La persona ya no es el ser portador de un alma inmortal que la hace digna de ser respetada y de ser juzgada con justicia por sus actos, poseedora de la libertad que la convierte en responsable de los mismos. La persona en esas situaciones se convierte en el color de su piel, en la nación a la que pertenece, en el cargo que ejerce, en el partido que milita, en la religión que practica... No se miran sus obras, ni la verdad de las mismas, ni las circunstancias, ni la proporción entre la culpa y la pena. Porque es imposible el diálogo con la barbarie y el mal.

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