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María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

SUCEDIÓ EN UN TREN

Para Busoni y Ambolí, ahora ya Miguel y Pablo, se acercaba la hora del retorno a la patria lejana. Habían llegado los dos jóvenes a Italia hacía cuatro años, desde una población del interior de África. Ahora ya en posesión de una amplia cultura, convertidos a la fe católica, se dispusieron a emprender el viaje hacia Sicilia, por ferrocarril, para desde allí, por vía marítima, dirigirse al continente africano.

Pensaron en principio aplazar unos días el viaje para descansar del esfuerzo realizado durante el último curso universitario, pero, espoleados por la ilusión de abrazar cuanto antes a sus familiares ausentes y de poder respirar de nuevo el ambiente de su tierra natal, decidieron, al fin, emprender el camino aquel mismo día. Por eso no vacilaron en tomar el tren, aún cuando se les advirtió que habrían de viajar en un vagón abarrotado de pasajeros. Al penetrar en el vagón percibieron en seguida el griterío de varias conversaciones entremezcladas, y otras en voz alta. Pero lo que disgustó a Busoni y Ambolí no fue el griterío, sino comprobar, al cabo de pocos minutos, que todas aquellas conversaciones, sostenidas por varios grupos de italianos, se referían a cosas obscenas, ensuciándolas de tanto en tanto con torpes blasfemias.

Los dos jóvenes negros escucharon, entristecidos, durante un rato aquel sucio lenguaje; pero, sin poder contener por más tiempo la indignación de sus corazones nobles, se levantaron y, en correcto italiano, reprocharon su lenguaje a aquellos maleducados, hablándoles del respeto debido a Dios y a la dignidad de los hombres. Irritados por aquella resuelta actitud, los viajeros soeces y blasfemos redoblaron sus expresiones y llegaron a amenazar a los dos jóvenes. En el ambiente se presentía ya la violencia y la brutalidad.

Por fortuna, un detalle vino a romper la tensión. Fue la presencia del interventor del tren. Inquirió qué sucedía. Unas breves palabras de uno y otro bando le bastaron. Los ojos del hombre se tiñeron de tristeza y se limitó a decir al grupo de viajeros exasperados:

-¡Avergonzaos, sí; vergüenza es lo que deberíais sentir! ¡Qué lástima da pensar que los italianos fueron a África a llevar la civilización, y ahora, en cambio, hayan de ser los africanos los que vengan a enseñar educación a los italianos! Y el interventor, apesadumbrado, salió. Un silencio absoluto reinó en el vagón. Los dos jóvenes negros volvieron a ocupar sus asientos, pensativos. Y hasta el final del viaje no se oyó una sola blasfemia ni una palabra inmoral.

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