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María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

¿QUIENES FUERON LOS RESPONSABLES?

En la noche de la vigilia de «la Toussaint» de 1970, en un «dancing» instalado en un bosque del pueblo de Saint-Laurent-du Pont, sobrevino un súbito y espantoso drama. Ciento cuarenta y seis jóvenes de ambos sexos, algunos de ellos adolescentes aún, perecieron carbonizados en cinco minutos y sin posibilidad de escape, ¿qué había sucedido?

Tres accionistas desaprensivos habían montado el negocio de la «discoteca». Las noches de cada viernes se daban allí cita para bailar los jóvenes de la región subalpina. Algunos llegaban en lujosos autocares fletados a más de cien kilómetros, en Grenoble o en Chamberí. Allí, en unas salas con paredes de cartón-madera revestidas de plástico, bajo unas luces unas veces vivas y otras mortecinas, saboreaban los ritmos de las orquestas de moda y bailaban dejando pingües dividendos a los empresarios.

Pero se habían metido voluntaria e inconscientemente en una jaula de oro que sería su prisión y su dogal. Para entrar en el elegante recinto había que pasar, de uno en uno, por sólo dos torniquetes practicables, como esos que vemos en ciertos edificios públicos, o en ciertos bancos de las capitales.

Sucedió que, a la una y media de la madrugada de la Fiesta de Todos los Santos -«la Toussaint» en Francia-, cuando el recinto estaba bien caldeado se inflamó de repente la caja de madera distribuidora del aire caliente y sus llamas prendieron como sobre yesca en el plástico que recubría el cartón-madera de las paredes del salón. Lo demás queda a la imaginación del lector.

Los danzantes, los músicos y el personal de servicio se abalanzaron en tromba hacia los dos torniquetes, únicas salidas practicables del local en llamas, los cuales no pudieron evacuar en tan poco tiempo a tantas personas agolpadas en tumulto. Al cuarto de hora, cuando los primeros socorristas llegaron, sólo pudieron certificar la magnitud de la catástrofe: montones de cadáveres juveniles carbonizados y el edificio hecho cenizas.

Horas después se vio a padres y hermanos de las víctimas llegar al lugar del siniestro; muchos ni siquiera tuvieron el consuelo de identificar los cadáveres de los suyos. Padres hubo que hubieron de lamentar la pérdida de varios hijos en la catástrofe.

Sólo a los dos años del triste suceso pudo celebrarse el largo juicio en un ambiente apasionado. Los padres de las víctimas pedían con gritos y golpes justicia inexorable contra todos. Treinta abogados intervinieron en el proceso. La lectura de la requisitoria duró más de dos horas.

Diez meses de prisión fueron impuestos al alcalde del pueblo. Mas he ahí que cuatrocientos alcaldes de los contornos se alzaron contra esta sentencia, alegando que no podían admitir tamaña responsabilidad en materia en que las leyes eran complejas.

El suministrador del plástico, condenado a la misma pena, declaró que el poliuretano por él vendido tenía una resistencia al fuego hasta los 150 grados y que, por otra parte, no le constaba al venderlo para qué usos se iba a destinar.

Las preguntas del fiscal que menos réplica tuvieron fueron las dirigidas al único superviviente de los tres empresarios: «¿Por qué se empleó material sintético y no chapa metálica para revestir el salón? ¿Por qué las puertas estaban atrancadas por el exterior? ¿Por qué las únicas salidas practicables eran torniquetes y no puertas de dos hojas?»

La ley del coste mínimo explicaba ciertos detalles... Los torniquetes en vez de puertas amplias de dos hojas tenían una explicación: la desconfianza en la clientela juvenil... Todo cuestión de dinero. Los fueros de la moral se vieron marginados.

En todo este apasionado proceso judicial, ¿quiénes fueron los más ciegos e irresponsables? Sin duda los padres de las víctimas: ¿sabían ellos dónde estaban sus hijos? Y a éstos nadie les acusó en el juicio de los hombres. En el juicio de Dios tendrán que responder. La piedad de la infancia no puede perdurar si el hombre adulto no la alimenta de oración y de cultura religiosa.

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