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OTRO MUNDO Ocurrió hace años. Joven
y despreocupada, con
dinero en abundancia, Michele Versini había llegado a Niza con el único objeto
de divertirse. Amparada por la equivocada educación que su padre le daba, la
infeliz muchacha trataba de matar el tiempo con nuevas y variadas distracciones.
¡El día es tan largo! Veinticuatro horas que para un científico, un literato
o una mujer de su casa, son tan pocas, a Michele le resultaban terriblemente
largas, inacabables. Ansiosa
de novedades, cansada de «coctails» y de bailes, encontró la inmediata
solución de aquello: el Carnaval de Niza. Su imaginación calenturienta halló
material abundante en un prospecto publicitario. A juzgar por lo que decía
aquel folleto, compuesto por una firma que vivía del turismo, Niza era una
especie de paraíso durante aquellos días, y como nada se podía negar a la niña
provinciana, el señor Michele Versini halló lo que buscaba. Falsa alegría, locura, risas,
gritos y cantos. Las gentes caminaban por las calles como si realmente hubieran
perdido el juicio, con los más pintorescos atavíos. Era una mezcla
de razas y siglos, pero todo esto a ella le divertía enormemente. Vestida
como una joven de un país oriental, grotescamente pintarrajeada para parecerse
más a la protagonista de una película americana, se dirigía en compañía de
sus amigos a la plaza donde se celebraba el baile principal. Cuando pasaban por la Avenida de Gustavo V, ocurrió lo imprevisto.
Unos enmascarados salían de una joyería, con enormes narices de cartón y
bigotes a lo Kaiser. Su apariencia era chocante y Michele empezó a reír;
pero su risa duró un leve segundo. Varios disparos sonaron en el aire, uno de
los cuales hirió a la muchacha. A los disparos siguieron carreras y gritos de pánico, mezclados con la
alegría bulliciosa y violenta de quienes no llegaban a distinguir lo que en
realidad sucedía de las pesadas bromas típicas del Carnaval de Niza. Michele,
en el suelo, desangrándose, vivió unos momentos de desconcierto y de pavor.
Alguien, al fin, se acercó a ella... Luego, perdió el conocimiento. Tras el natural desconcierto vino la aclaración de lo sucedido.
Aquellos enmascarados eran unos atracadores que habían aprovechado la confusión
general para poner en práctica sus proyectos. Entraron tranquilamente en la
joyería y al principio fueron tomados por unos turistas que se divertían a
gusto. Luego se impuso la realidad. En dinero y en joyas se llevaron unos miles
de millones de francos, con la particularidad de que la
policía no pudo encontrarles a pesar de sus rápidas gestiones, debido al
bullicio desenfrenado que reinaba en la ciudad. Así había terminado el capricho
de Michele. Acostada en la sencilla cama del hospital, pensaba detenidamente
en las muchas cosas que le habían sorprendido desde su llegada, hacía cinco días.
Las heridas no habían sido graves, pero, ¿acaso no se reponía más rápidamente
gracias a la bondad que le rodeaba? Sus nervios, excitados durante
tanto tiempo, habían conseguido una imprevista normalidad. Todo era silencio y
paz. Michele pensaba en el contraste que debió causar su ridículo vestido de
india junto a las batas blancas de los doctores y enfermeras. -¡Me quieren! Me aprecian sin conocerme y sin haberles dado motivos
para ello. Y comprendía que además de aquel mundo egoísta y frívolo que había vivido, existía otro, paciente y abnegado, laborioso y heroico, donde el trabajo dignificaba doblemente porque se realizaba por amor a Dios y al prójimo. A partir de entonces la conducta de Michele dio un radical cambio; ya no veía la vida aburrida, sabía que dándose a ayudar a su prójimo hallaría la paz en su corazón.
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