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MUCHAS COSAS PUEDEN CAMBIAR Jean Giono (1895-1970) fue un escritor francés hijo de humilde familia. Autodidacta, aprendió a escribir leyendo la Biblia, Homero y los clásicos de todos los tiempos. Mozo de almacén, dependiente y finalmente subdirector de una agencia bancaria se abrió paso como novelista y nos dejó un relato aleccionador sobre un curioso personaje, un pastor de 55 años llamado Elzéard Bouffier, que conoció en 1913 y cuya vida y obra siguió hasta que murió en 1947. Aquel hombre se había propuesto regenerar la tierra yerma en que vivía y de la que querían escapar los pocos habitantes que sobrevivían míseramente. Con sorprendente constancia se dedicó a plantar árboles a sabiendas de que sólo uno de cada 10 sobreviviría. Cuando aquel hombre falleció esos parajes habían cambiado mucho. En vez de los vientos secos y ásperos, soplaba una suave brisa cargada de aromas del bosque. Se habían restaurado las casas. Había matrimonios jóvenes. Aquel lugar se había convertido en un sitio donde era agradable vivir. En las faldas de las montañas había campos de cebada y centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas comenzaban a reverdecer. En lugar de las ruinas, ahora se extendían campos esmeradamente cuidados. La gente de las tierras bajas, se había instalado allí, trayendo juventud, movimiento y espíritu de aventura. «Cuando pienso -concluía el escritor francés- que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canaán en el desierto, me convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro la inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó obtener este resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e iletrado». Todos conocemos personas como este hombre, que pasan inadvertidas pero que, allá donde están, las cosas tienden a mejorar. Hay cosas que no tienen arreglo, y nos cuesta aceptarlas. Y hay otras que sí que tienen arreglo, pero nos hemos convencido de que no lo tienen. Por eso, una de las razones por las que nos cuesta tanto cambiar las cosas que no van bien, es porque creemos que no podemos cambiarlas. Es preciso tener fe en que el hombre puede transformarse y cambiar, tanto él mismo como el entorno que le rodea. Cada uno debe sembrar con constancia lo que él pueda aportar: su buen humor, su paciencia, su laboriosidad, su capacidad de escuchar y de querer. Podrá parecer poca cosa, pero son elementos que acaban por hacer fértiles los terrenos más áridos. A.A.
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