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MI PRIMER DIFUNTO En
mi pueblo de infancia la Semana Santa tenía una mezcla de respeto sagrado y de
gozoso tebeo de aventuras. Subía el Nazareno por una calle y se encontraba en
la plaza Mayor con «San Juanín», una talla ligera de San Juan adolescente.
Tras contemplar al Cristo dolorido, los cuatro portadores del apóstol
atravesaban corriendo -todo lo que les permitían sus piernas portando la
estatua- la plaza para ir a avisar a la Dolorosa de que Cristo marchaba hacia la
cruz. Venía entonces la Virgen, asaeteada de cuchillos. para encontrarse en el
centro de la plaza con su Hijo, mientras los ojos de todos los que asistíamos
se llenaban de lágrimas. Recuerdo aún las de Gerardito. que era mayor que yo,
aquel Viernes Santo. También lloré yo sin saber muy bien por qué. Sólo lo
entendí meses más tarde, cuando vi a mi amigo, tieso, en su caja blanca, más
dormido que muerto, con cara de preguntarse por qué aquella bala perdida le
convertía en víctima de una guerra que él no llegó a entender. Era el primer
muerto que veía en mi vida. Aún no había cumplido yo los seis años, pero
tengo de él una memoria desmesuradamente lúcida. Ocurrió
en domingo. Por la mañana había estado jugando al balón con un grupo de
amigos. Y cuando,. sudorosos. descamisados, felices, regresábamos a casa, nos
dimos casi de bruces con la Plaza Mayor de la ciudad repleta de camiones con
mineros armados. No sé si me impresionaron más sus caras hoscas y amenazantes
o los toscos fusiles que empuñaban. Sé que corrí hacia casa apretando el balón
contra el pecho, como un hijo, como si alguien (inexistente) me persiguiera e
intentara quitármelo. ¿Era el balón de mi infancia lo que yo defendía? ¿Había
empezado a intuir ya que algo iba a quebrarse dentro de mí aquel día? ¿Empezaba
a descubrir que las manos del hombre cuando verdaderamente se ensucian es cuando
se prolongan en un arma, sea cual sea la causa que se pretenda defender? Corrí.
Corrí. Horas
después mis ojos se abrieron como platos viendo pasar, bajo el mirador de mi
casa, un regimiento de soldados que avanzaban contra los fusibles que yo viera,
a la mañana, en la plaza. Luego oí una larga serie de ráfagas de disparos. Al
fin un terrible silencio. A
la mañana siguiente, lunes ya, no fui a la escuela y alguien me explicó la
muerte de Gerardito: se había entablado un tiroteo entre los mineros y los
soldados: una bala perdida había penetrado en el balcón desde el que Gerardito
curioseaba. Y la misma bala le había matado a él y al Sagrado Corazón de
yeso, que cayó y se hizo añicos junto al cuerpo de mi amigo. Ante
su cadáver comencé a descubrir que en las guerras mueren siempre muchos más
de los que mueren. Yo estaba un poco muerto. Veía alejarse una ancha franja de
mi infancia, enterrada seguramente en la misma caja que Gerardito. Entendí que
los niños que viven una guerra nunca vuelven a ser niños del todo. Que era lo
mismo que la ganaran unos u otros. Que, en todo caso, las víctimas seríamos
todos, porque los muertos no tienen partido ni color. Recuerdo, eso sí, que después de ver a mi amigo muerto me entró una loca curiosidad por ver el «cuerpo de aquel Sagrado Corazón que había querido «morir» junto al pequeño. Me pareció lógico. Pero no logré descubrir por qué aquel año habíamos tenido dos Viernes Santos. JLMD |
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