principal        conocenos       Antonio   mm.carmelitas      anecdotas y reflexiones    calendarios   estampería  Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

                                          
Textos en formato pdf
libros
anteriores año 2008
Hojas  Culturales
María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

MI PRIMER DIFUNTO

En mi pueblo de infancia la Semana Santa tenía una mezcla de respeto sagrado y de gozoso tebeo de aventuras. Subía el Nazareno por una calle y se encontraba en la plaza Mayor con «San Juanín», una talla ligera de San Juan adolescente. Tras contemplar al Cristo dolorido, los cuatro portadores del apóstol atravesaban corriendo -todo lo que les permitían sus piernas portando la estatua- la plaza para ir a avisar a la Dolorosa de que Cristo marchaba hacia la cruz. Venía entonces la Virgen, asaeteada de cuchillos. para encontrarse en el centro de la plaza con su Hijo, mientras los ojos de todos los que asistíamos se llenaban de lágrimas. Recuerdo aún las de Gerardito. que era mayor que yo, aquel Viernes Santo. También lloré yo sin saber muy bien por qué. Sólo lo entendí meses más tarde, cuando vi a mi amigo, tieso, en su caja blanca, más dormido que muerto, con cara de preguntarse por qué aquella bala perdida le convertía en víctima de una guerra que él no llegó a entender. Era el primer muerto que veía en mi vida. Aún no había cumplido yo los seis años, pero tengo de él una memoria desmesuradamente lúcida.

Ocurrió en domingo. Por la mañana había estado jugando al balón con un grupo de amigos. Y cuando,. sudorosos. descamisados, felices, regresábamos a casa, nos dimos casi de bruces con la Plaza Mayor de la ciudad repleta de camiones con mineros armados. No sé si me impresionaron más sus caras hoscas y amenazantes o los toscos fusiles que empuñaban. Sé que corrí hacia casa apretando el balón contra el pecho, como un hijo, como si alguien (inexistente) me persiguiera e intentara quitármelo. ¿Era el balón de mi infancia lo que yo defendía? ¿Había empezado a intuir ya que algo iba a quebrarse dentro de mí aquel día? ¿Empezaba a descubrir que las manos del hombre cuando verdaderamente se ensucian es cuando se prolongan en un arma, sea cual sea la causa que se pretenda defender? Corrí. Corrí.

Horas después mis ojos se abrieron como platos viendo pasar, bajo el mirador de mi casa, un regimiento de soldados que avanzaban contra los fusibles que yo viera, a la mañana, en la plaza. Luego oí una larga serie de ráfagas de disparos. Al fin un terrible silencio.

A la mañana siguiente, lunes ya, no fui a la escuela y alguien me explicó la muerte de Gerardito: se había entablado un tiroteo entre los mineros y los soldados: una bala perdida había penetrado en el balcón desde el que Gerardito curioseaba. Y la misma bala le había matado a él y al Sagrado Corazón de yeso, que cayó y se hizo añicos junto al cuerpo de mi amigo.

Ante su cadáver comencé a descubrir que en las guerras mueren siempre muchos más de los que mueren. Yo estaba un poco muerto. Veía alejarse una ancha franja de mi infancia, enterrada seguramente en la misma caja que Gerardito. Entendí que los niños que viven una guerra nunca vuelven a ser niños del todo. Que era lo mismo que la ganaran unos u otros. Que, en todo caso, las víctimas seríamos todos, porque los muertos no tienen partido ni color.

Recuerdo, eso sí, que después de ver a mi amigo muerto me entró una loca curiosidad por ver el «cuerpo de aquel Sagrado Corazón que había querido «morir» junto al pequeño. Me pareció lógico. Pero no logré descubrir por qué aquel año habíamos tenido dos Viernes Santos.

JLMD

lecciones de la vida humana