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EL MEJOR CAMINO La cosa me ocurrió hace ya muchos años. Era conferenciante en todo tipo de ambientes: colegios universitarios, seminarios, conventos. Pero un día me escribió el abad de una Trapa pidiéndome una serie de charlas para sus monjes. Yo me preguntaba a mí mismo qué es lo que podría interesarles a quienes vivían en tanta soledad. Pero el abad me tranquilizó explicándome que un monje es un hombre como los demás y un cristiano como los demás y que, por tanto, les interesa todo lo que a los demás hombres y cristianos interesa. Poco a poco, en aquellos días fui calando sus vidas, conociendo sus problemas y sus esperanzas. Y, como el abad tuvo la generosidad de permitir que también los monjes pudieran hablar, preguntarme, charlar, mis conferencias se fueron convirtiendo en un verdadero intercambio de vida. Y entonces descubrí yo que los monjes no sólo no eran medios hombres, sino hombres excepcionalmente maduros, llenos, equilibrados, que sabían dar a cosa cosa su peso exacto. Y mi cabeza comenzó a poblarse de preguntas: yo había ido allí como quien tiene algo que enseñar y empezaba a darme cuenta de que era yo quien tenía todo que aprender. En verdad eran ellos, entregados a Dios y al silencio, quienes sabían lo que era vivir. Pero el quinto día de mi estancia ocurrió algo muy especial: se me acercó el maestro de novicios y, después de darle mil vueltas y como con temor a ofenderme, me dijo que mis charlas, y más aún mi persona, estaba creando un problema espiritual a los novicios: ellos, viéndome activo, metido en los problemas más vivos de la Iglesia, estaban empezando a pensar si no sería el mío el mejor camino y no el suyo; el de consumirse en la soledad y en el silencio. Yo me reía y expliqué al maestro que mi tentación era exactamente la contraria; que era yo quien tenía envidia de la fecundidad de ellos; que, viéndoles, yo había descubierto qué vanos eran muchos de nuestros trabajos en el mundo. Me preguntó el maestro si me atrevería a explicar esto a sus novicios. Y así lo hice. Y todos juntos descubrimos que el «mejor camino» es siempre aquel que Dios le marca a cada uno, pero que, en todo caso, el silencio, la oración en soledad, es uno de los mejores, tal vez objetivamente el mejor. Infinitamente superior en todo caso a esta noria de ruidos que es el mundo.
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