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LA MEJOR RECETA Unos padres se lamentaban amargamente de la desgracia de tener tres hijos como los suyos. Desesperados, decidieron consultar a un viejo amigo, médico, famoso por su dureza y por su eficacia. El hijo mayor, de veintisiete años, había terminado estudios hacía unos años. Nunca había trabajado y siempre se quejaba de no encontrar trabajo. Ni ayudaba en casa, ni fuera; ni hacía cursos o cursillos de perfeccionamiento ni aceptaba suplencias o pequeños trabajos porque él -repetía- era un profesional... Manejaba su buen dinerillo, tenía muchos amigos, casi todos de su misma cuerda.Los padres lo querían mucho: era un hijo cariñoso, nunca daba disgustos, lo veían débil y poco hecho a la lucha y a valerse por sí mismo... No era cuestión -se decían- de exigirle y amargarle más la existencia. El segundo, de veinte años, no salía de casa. Ni se relacionaba con amigos ni con chicas. Se encerraba en su habitación y se pasaba las horas en la consola y en el ordenador. No hacía más que comer y lamentarse de lo mal que estaba el mundo: -«La televisión -repetía- sólo presenta una parte de lo trágico de la realidad». El más pequeño, de doce años, caminaba con muletas desde la operación de rodillas que le hicieron hacía seis años. No era capaz de dejarlas y caminar por su propio pie. Por ese motivo se quedaba mucho tiempo en casa, no hacía deporte, faltaba a clase de vez en cuando y era compadecido y mimado... El médico amigo les hizo algunas preguntas. Después dijo con rotundidad: -«Tú, a tus veintisiete años, de ahora en adelante, no aceptes de tus padres ni un solo euro, búscate trabajo y, al mes, si no lo has encontrado, te coges la maleta y te vas a correr mundo. Si no te atreves, que tus padres no se ablanden: que ellos mismos te pongan la maleta en la puerta. -Tú -dijo al segundo- hazte una llave de casa, búscate trabajo y no vuelvas, por ahora, más que a comer y a dormir. Y dentro de dos meses sólo vienes a dormir. Búscate una asociación con la que llevar a cabo alguna tarea entre gente que vive en la miseria. -Y tú -dijo al pequeño-, trae tus muletas -se las rompió delante de sus barbas- y escucha bien: merecías que te las rompiera en las costillas: con ellas nunca ibas a caminar. Y vosotros, amigos -dijo por fin a los padres-, no volváis por aquí hasta que no se haya cumplido mi receta». Pasado un año, la familia en pleno volvió a visitar al doctor. Le saludaron y, sin más palabras, pusieron a sus pies una preciosa escultura compuesta de una maleta, unas muletas, unas llaves y un letrero que decía: -«La mejor receta, enseñar a vivir. Quien no exige, no ama». «Este momento yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana». afirmó Benedicto XVI en la Misa de apertura solemne de su Pontificado en la Plaza de San Pedro, ante medio millón de fieles y 150 presidentes y dignatarios de otros tantos países. Tras la oración dirigida a todos los Santos, el Papa afirmó: «iNo estoy solo! No tengo que llevar yo solo lo que en realidad nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege» y «me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza». «Sí -insistió-, la Iglesia está viva. Esta es la maravillosa experiencia de estos días». «Y la Iglesia es joven. Ella lleva en si misma el futuro del mundo».
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