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María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

ESCULTURAS VIVAS

La imitación era muy importante para los griegos. Pintaban imágenes y esculpían estatuas imitando fielmente la figura original. Se alababa a alguien que realizaba un retrato de una persona, si la obra de arte reproducía fielmente los rasgos del hombre que debía representar. Pero la escultura, por muy bien hecha que estuviera, seguía siendo piedra o mármol. No tenía vida.

Como sabemos los hebreos no pintaban imágenes ni esculpían estatuas. Si los discípulos debían ser fieles a su maestro, se decía que lo seguían en las obras y también en el modo de pensar. Esculpían su vida sobre el modelo del maestro. Es interesante que los discípulos fueran a todo el mundo para predicar la doctrina de Jesús, sin llevar en sus manos, como los sacerdotes de hoy, catecismos impresos, manuales de teología o de moral. Ante cualquier cuestión que se presentara, ellos simplemente se imaginaban qué habría dicho o hecho Jesús en esa situación.

Así era también, más tarde, la situación de muchos santos simples. San Alfonso Rodríguez, por ejemplo, era un hermano religioso que estaba en la portería de un colegio donde estudiaban los teólogos. Algunas veces, para provocarlo, los estudiantes le presentaban difíciles cuestiones que discutían en clase, pero la mayoría de las veces se asombraban al escuchar sus respuestas. Entonces, le pidieron que les revelase el secreto de sus conocimientos. El respondió: «Cada día medito la vida de Jesús. Trato de conocerlo de cerca y de pensar como piensa El». Así vivía también san Francisco de Asís. Lo testimonian sus estigmas: quería imitar a Cristo en todo, también en su pasión.

Esta idea se encuentra desarrollada de modo extraordinario en la novela El idiota de Dostoievski. Tolstoi estaba convencido de que para ser un verdadero cristiano era necesario tomar el evangelio como regla de vida como un libro moral. Dostoievski no cree en un cristianismo así. El héroe de la obra citada, el príncipe Myskin, llega a San Petesburgo del extranjero, de Suiza. No reza, no recibe los sacramentos, pero se comporta, como si fuese un evangelio viviente: no se aferra al dinero, no habla mal de nadie, trata de ayudar a quien puede... Al principio lo miran con una sonrisa escéptica, pero después a todos les resulta simpático.

Sin embargo, la historia asume un carácter inesperado Dos mujeres se pelean por él, él mismo se encuentra enredado en un negocio sucio en el que ocurre un crimen, al final lo mandan a un instituto de enfermos mentales. ¿Qué quería decir Dostoievski con esta novela? Querer actuar siempre como Cristo y no tener la fuerza de Él, de su vida, de su corazón, sería en el fondo una locura, un ideal irrealizable, una esquizofrenia. La Iglesia nos invita a imitar moralmente a Cristo pero al mismo tiempo a tratar de unirnos a El por medio de los sacramentos. Sólo así seremos capaces de pensar y actuar como Él.

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