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EN EL ÚLTIMO MOMENTO En Estados Unidos, Estado de Carolina del Norte, fue ejecutada hace años mediante una inyección letal una mujer de 52 años llamada Margie Velma Barfield. Estaba acusada de haber dado muerte por envenenamiento a su propia madre y otras tres personas. Pero junto con esta noticia triste y estremecedora los periódicos dieron cuenta de que Velma en sus últimos tiempos de permanencia en la cárcel observó una conducta ejemplar, leyó la Biblia, y declaró haberse convertido al cristianismo. Asimismo pidió perdon por todo el dano que había causado y pasó sus últimas horas oyendo motivos religiosos en su celda, grabados en cinta magnetofónica. Naturalmente, vale más tarde que nunca. Es de suponer que esa mujer, al menos en su infancia, debió recibir aunque fuera superficialmente algún tipo de educación religiosa y que como mínimo conocía los Diez Mandamientos, como base insustituible de conducta. Le hubiera bastado hacer sabido observar a lo largo de su vida este fundamento de comportamiento y de conciencia moral para que su tenebrosa existencia, manchada por el crimen y la codicia, hubiese tenido una trayectoria totalmente distinta, y jamás le habría faltado la paz y el consuelo espiritual, que sólo intentó buscar en el último momento. El caso de Velma no es único. Como es sabido, desde siempre han existido personas que sólo ante la certidumbre de una muerte inmediata sienten la necesidad de reconciliarse con Dios, y de buscar el consuelo de la religión, pero mientras disfrutaron de salud y de vigor físico y su muerte les parecía algo tan lejano que no valía la pena de pensar en ella, vivieron despreocupadamente, siguiendo el camino que les parecía más fácil y rentable, es decir, el del egoísmo que no se detiene ante ningún escrúpulo de conciencia, ni siquiera ante el parricidio y el asesinato. ¡Qué lástima!
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