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EL LEÓN Y EL ZORRO El noble león yacía plácidamente dormido en el centro de su gran reino. Había luchado cuando fue necesario luchar y defendido sus derechos cuando se sintió atacado. Era valiente y no temía nada, pero no era sanguinario, y si le dejaban en paz, si no le humillaban ni herían, él no atacaba a nadie. Su reino era hermoso, con altas colinas, ríos de largo y accidentado curso, bordeados de orillas fragantes. Y todos sus súbditos obedecían su ley. Una ley honrosa para todos. De otras tierras, de otros reinos, los grandes carnívoros habían venido a sorprender al león. Pero él vigilaba y reconocía pronto a sus enemigos. Le era generalmente fácil vencer porque todos temían su duro zarpazo y su rugido que se alzaba arrogante por encima de las anchas planicies de la tierra. Pero en este momento, el león está dormido. Su reino yace en paz. Nadie conturba su sosiego, nadie viene a arrebatarle la supremacía. Ya no tiene enemigos. Los animales de la selva contemplan a su rey dormido. Hay respeto y temor y afecto en la mirada húmeda de la cebra, del pájaro, del reptil que se oculta en el húmedo cauce del río. Todos aman y temen a su señor. Pero alguien, viéndole dormir, ha pensado en lo fácil que sería ahora que el león parece tan confiado, hacer vacilar su trono. Este alguien es el zorro, el más ladino y falso de todos los animales. El zorro, despacito, ha ido acercándose a su señor. Apenas hace ruido. Tiene las patas mullidas y se desliza como una sombra entre las verdes ramas de la selva. Nadie logra verle hasta que está arriba, en la cumbre, junto al rey. Su pequeñez engaña en la distancia. Parece casi tan grande como el león. Los demás animales le miran asombrados. -¿Por qué le tolera tanta osadía? -dicen otros. -¿Verdad que también tiene prestancia de rey el zorro? -sugiere alguien, ese alguien que siempre está a punto de socavar cualquier cosa. -Sí, sí... -afirman los papanatas que no faltan ni en lo más intrincado de la selva. Y empieza a formarse una ola de murmullos, de gritos, de preguntas. El rey se despierta al fin y mira con asombro al osado zorro que se halla echado a su lado, costilla contra costilla. -¿Cómo llegaste hasta aquí? - ruge con más sorpresa que enojo. -Soy un humilde súbdito, no puedo hacerte daño. Subí sin saber cómo y me encontré contigo... ¿Puedo hacerte compañía ya que estoy aquí? Y el león no vio el peligro. Estaba seguro de su fuerza. El león tenía anchas tierras y todas supeditadas a su noble majestad. Pero no sabía que allá abajo, entre sus propias gentes, ya empezaban a despertar los enemigos, los que intentaban ver en el zorro mayor majestad que en el león, los siempre descontentos que abrigan la esperanza de que todo lo nuevo será mejor, los rencorosos, los corrompidos y hasta los apocados que cualquier leve soplo arrastra. Y el león, adormilado sobre sus laureles, permitió que el zorro permaneciese a su lado. Hasta que un día, sin saber cómo, sintió que la corona resbalaba de su cabeza e iba a ceñir la del nuevo soberano: el zorro, el ladino zorro que lentamente, arteramente, socavó el prestigio del rey. Este, dolido, solitario, fue a retirarse a un pedazo de tierra, el único que le quedaba de su gran reino desmembrado y entregado por el ladino zorro a otros reyezuelos de su misma calaña. Si el león hubiese apartado de sí al zorro, hubiese podido salvarse. Pero son muchos los que no saben ver el peligro a tiempo...
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