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lecciones de la vida humana

DUROS A CUATRO PESETAS

Esta anécdota se atribuye a varios personajes entre ellos al pintor y escritor catalán Rusiñol. Aparece atribuida también a Don José de Salamanca y Mayol, agudo malagueño que de joven intervino en varias andanzas militares y terminó siendo banquero, unas veces en alza y otras en quiebra... Llegó a ser Ministro de Hacienda y, a decir verdad, España le debe las primeras líneas telegráficas y los primeros ferrocarriles, y Madrid el aristocrático barrio de Salamanca, que llevó su nombre, pues en aquel suelo duro y llano comenzó a edificar unas casas, tan lejanas entonces del centro de la capital, que a todos les pareció una locura... Hombre original siempre, se le ocurrió un día la siguiente genialidad.

Instaló en la Puerta del Sol una mesita y sobre ella expuso grandes cantidades de duros «amadeos» y «alfonsinos» (de Alfonso XII) de buena plata de ley, blancos, sonoros a rebote sobre una piedra, y limpios como soles (un duro equivalía a cinco pesetas). Sobre la mesita campeaba un gran letrero que decía: «Duros a cuatro pesetas»... Millares de personas pasaban junto a la mesita mientras él observaba. Muchos leyeron el letrero y pasaron de largo. Algunos se detuvieron ante él y contemplaron con recelo los relucientes y frescos duros. Unos pocos los manosearon y hasta los mordisquearon, pero ninguno aceptó el trato que el banquero en silencio les ofrecía...

Como anécdota están bien. «¡Nadie regala nada!» Nos decimos. Y es cierto en esta sociedad actual dura, agresiva y en ocasiones cruel. Pero triste sería que la desconfianza llegara al extremo de dudar de la bondad. De creer que todo lo que hace una persona es por interés...

Esta reflexión nos hace recordar la historia de aquel árabe que poseía un hermoso camello. Un negociante porfiaba por comprárselo pero él se negaba por lo mucho que lo estimaba. Un día en que paseaba con su camello por el arenal cercano al pueblo encontró al comprador frustrado tendido en el suelo, como herido. Bajó al punto del camello para auxiliarlo y el otro aprovechó raudo para levantarse, arrojarlo al suelo y subirse al camello que ambicionaba enseñándole la bolsa de dinero que le había ofrecido por él. El dueño del animal, entristecido por el engaño le dijo: «¡Llévatelo si quieres pero no cuentes la treta que has usado porque quien la escuche desconfiará cuando encuentre a un hombre herido y no se detendrá para auxiliarle!»

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