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María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

DOS ÓSCARES SEGUIDOS

Fue un hombre de nuestro tiempo, ponderado y equilibrado. Era un extraordinario actor y, por lo tanto, no parece que debamos dedicar especial atención a que todos los grandes maestros de la dirección, en un período especialmente fecundo del cine, contaran con sus cualidades. Lo que resulta muy significativo, en cambio, es que buena parte de sus trabajos convergieran en el mismo modelo de hombre. Sereno y activo, afable y enérgico, bueno y sarcástico. El perfil cinematográfico, además, reproduce la personalidad del hombre a poco que nos asomemos a su vida. Se trata de Spencer Tracy.

Dos de las películas protagonizadas por el gran actor, y que le permitieron ganar, en 1937 y 1938, dos premios de la Academia consecutivos como actor principal, estableciendo un registro que no habría de igualarse hasta tres decenios después, en 1967 y 1968, por Katharine Hepburn, nos ofrecen muy adecuadamente las coordenadas de ese camino: Capitanes intrépidos y Lo ciudad de los muchachos. En la primera de ellas, interpreta a Manuel, un pescador portugués que contempla con humor y fraternidad protectora a Freddy Bartholomew, un niño de elevada posición a quien el azar, o más bien la Divina Providencia, ha colocado en el sendero de la correcta educación. Manuel es un trabajador infatigable y honesto, un ser lleno de buenos sentimientos y un hombre justo. En la segunda, incorpora al padre Flanagan, un hombre de Dios que trabaja para lograr la recuperación de los jóvenes con problemas aplicando una metodología muy sencilla, denotada por el amor, el espíritu fraterno, la motivación, y la esencial convicción de que todos los seres humanos hemos sido llamados a la Salvación por Dios, desde la Eternidad y para la Eternidad.

Ambas películas, rodadas en medio de circunstancias verdaderamente extremas para la humanidad, particularmente la de Norman Taurog, en plena expansión de totalitarismos que, partiendo de una concepción materialista e instrumental del hombre, pretendían someterlo, comparten un mensaje esencial, un mensaje que nos transmite con absoluta convicción y nitidez Spencer Tracy: los seres humanos somos fines, y no medios; la vida es una experiencia irrepetible que tenemos la dicha de compartir con nuestros hermanos; merece la pena vivir con honestidad y coherencia. La historia puede deparar circunstancias excepcionales o insólitas, pero los valores permanecen inmutables, y su vigencia es permanente.

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