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lecciones de la vida humana

DOS BOTES DE MERMELADA   

En el número 76 de la calle romana Líbera tenía su sede la sociedad la Anónima Matrimonios, S. A., que se dedicaba, con todos los papeles en regla, a lo que podríamos definir «trata de viejos». ¿Que usted es un futbolista que necesita nacionalizarse italiano para poder jugar en la Liga nacional? No se preocupe, la Anónima Matrimonios le encontrará una linda viejecita a las puertas de la muerte para que usted se case sin mayores obligaciones y consecuencias y con la alta probabilidad de una próxima viudez que le deje más libre aún, pero ya nacionalizado. ¿Que, por el contrario, es usted una actriz que tendría, en sus contratos, menos impuestos siendo italiana? Le buscará a usted un presentable anciano que resuelve el problema. Todo es cuestión de un poco de dinero. Poquísimo, en realidad. Un viejo de setenta años sale más bien barato, unos 1200 dólares. Pero, claro, tiene el inconveniente de que puede vivirle a usted veinte o veinticinco años, y eso le expone a usted a nuevos gastos con ocasión del divorcio. Con 2000 dólares tiene usted ya un anciano de ochenta años, que es menos comprometido. Y si quiere usted tener todas las garantías, con 10000l le encuentran un viejo con una enfermedad incurable y defunción a vuelta de correo.

Todo esto que estoy contando no se lo dicen a ustedes con tanto descaro en la dulce oficina, pero así son las cosas.

Lorenzo Berni, un anciano de ochenta y un años, se «casó» (lo pongo entre comillas porque me avergüenza usar en esta historia ese verbo tan hermoso) con una joven actriz yugoslava, Alice Balcarcirc, que necesitaba nacionalizarse italiana para abrirse mejor las puertas de Cinecittá y que acudió a la agencia para agilizar los trámites.

Cuando a Lorenzo Berni, que vivía en un hospicio romano, le hablaron de una cifra próxima a las dos mil dólares, sintió vértigo. Al fin tendría dinero para media docena de caprichos acariciados desde hacía décadas. Y en el fondo le divertía la aventura de imaginarse durante algunas horas casado con aquella belleza.

El «matrimonio» (vuelvo a poner comillas) se hizo. A horas supermañaneras, eso sí— Y a Lorenzo Berni le regalaron un traje nuevo y los billetes . Y tras la ceremonia y un lúgubre desayuno en una cafetería «con su mujer», los padrinos acompañaron a Lorenzo a su asilo para vivir sólo su luna de miel.

A vivir más solo que nunca. Porque aquel día se inició la gran tortura. Los compañeros de asilo comenzaron su asedio: «¿Qué te han dado, qué te han dado?; ¿no nos has traído nada?; pero ¿no nos vas a invitar?; ¿me prestas 10 dólares?; ¿dónde has escondido lo que te han dado?» Y el comentario unánime: «Desde que se ha casado se ha vuelto orgulloso. Yo no vuelvo a darle ni un cigarrillo.»

Un panorama horrible, en el que he omitido -¿para qué?- las infinitas preguntas y alusiones torpes que durante semanas llenaron el hospicio de turbios pensamientos.

Aún llegó otra tortura: la mujer que había servido de mediadora celestina para buscar al viejo intentó hacerle chantaje para que él a su vez se lo hiciera a la actriz. Pero Lorenzo ni sabía la dirección de Alice, de quien sólo volvió a recibir un paquete con dos botes de mermelada.

Y llegaron las cartas indignadas de todos esos nietos y sobrinos que jamás le habían visitado, pero que ahora sentían herido su orgullo y manchado su apellido, desde que la foto y nombre del anciano salieron en todos los periódicos. Y gentes que le reconocían en bares y calles volvían contra él los dardos del sarcasmo.

«Yo no me hacía ilusiones con este matrimonio -declaró Lorenzo Berni a un periodista-. Sabía que todo era una conveniencia. Pero esperaba que al menos fuera una historia secreta, que nadie llegaría a conocer. Ahora estoy en la boca y en la risa de todos. Y quisiera irme, no sé dónde, a donde nadie me conozca. Irme. Irme. Aunque fuera al otro mundo.»

Hasta aquí la horripilante historia a la que no he añadido ni un solo gramo de crueldad. Hasta aquí la historia de un mundo en el que, por un capricho, somos capaces de usar como felpudo la dignidad humana. De la trata de negros se pasó a la de blancas; de la trata de blancas hemos llegado a la de niños y de viejos. Todo se compra, todo se vende. Y ni siquiera por altos precios. Para alcanzar caprichos. Las leyes que prohiben clavar un cuchillo transigen si eso se hace en el alma.

No hace muchas semanas detenían en Francia a un grupo de atracadores que habían ido dejando París lleno de pistas con su despilfarro, gastando en quince días varios millones de francos. Con ellos vivía una muchacha danesa que se había incorporado a sus francachelas en una juerga tras el atraco. Cuando la Policía le preguntó si no la había extrañado ese chorro de dinero tirado, respondió: «Me divertía demasiado para preguntármelo.»

Esa es la clave de la cuestión: nadie se pregunta nunca por el precio de sus locuras. La dulce y cristiana esposa del multimillonario ladrón no se pregunta de dónde saca el dinero su marido y a costa de quiénes lo consigue. A ella le basta con vivir bien y de tener tiempo sobrado para sus oraciones.

Jugamos, jugamos todos. Y que siga la juerga. Y el precio final es un mundo lleno de solitarios y pisoteados anónimos a los que, tal vez, para tranquilizar la conciencia, les mandamos dos botes de mermelada.

JLMD

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