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CUESTIÓN DE ACTITUD Los
hombres que buscan la verdad pueden hacerlo con diversas actitudes, como
las que nos narra este cuento. Tres
varones visitaron a un sabio abad. El primero, de nombre Andrés, se postró
todo ufano ante él y clamó: «Te ruego, Padre, que me des la verdad». El
sabio permaneció en silencio un instante, alargó la mano y le dio una rosa del
desierto. Al
poco tiempo, se le acercó otro, de nombre Juan, con aire de seguridad se
arrodilló y le suplicó: «Padre, te ruego que me muestres la verdad». El
sabio entonces permaneció callado unos instantes, se inclinó hacia adelante,
sopló sobre él, le bendijo y le despidió. Luego,
se acercó Carlos y le manifestó: «Padre, te ruego que me respondas a una
pregunta: ¿qué es la verdad?» El monje le miró con ojos penetrantes y amor
sincero y le ayudó a levantarse. Los
tres recibieron distinta respuesta a su búsqueda de la verdad. Andrés buscaba
la verdad con afán posesivo: como si fuera una copa de poder incrustada de
piedras preciosas que puede atesorar. Recibió algo que realmente se puede
poseer: la rosa del desierto. Pero pronto esta rosa se marchitará y comprenderá
que la verdad no es algo tangible que se pueda guardar celosamente. Juan
buscaba la verdad para exhibirla, como muestran sus plumas los pavos reales.
Recibió algo que no se puede mostrar: aire. Cuando reflexione comprenderá que
la verdad ni se exhibe ni es fachada. Carlos
desea saber humilde y sencillamente qué es la verdad. Por ese camino de
sinceridad y desinterés acabará descubriendo Quién es la verdad. Porque
Jesucristo, que anima secretamente a cada hombre a buscar la verdad, es el
comienzo y el final de la búsqueda.
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