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Cuando
los sueños sustituyen a la realidad Emma
no era una muchacha mala pero es presa desde niña de los sueños
tejidos por su imaginación. Arde en deseos de aventuras que le permitan
evadirse de la aburrida cotidianidad. Por eso cuando Charles le pide en matrimonio acepta inmediatamente no porque le quiera sino porque el matrimonio tal vez sea la aventura que le saque de la mediocridad, del aburrimiento de la granja en que vive. Pero ¿quién es Charles para ella? Nadie, en realidad. El pobre médico rural es para ella el posible príncipe encantado. No le ama. Ama su propio fantasma. La desilusión no tarda en llegar, porque todos los espejismos acaban por escaparse. «¿Cómo? Pero ¿no es más que esto?» se repite en los primeros meses de su matrimonio. Emma había soñado un viaje de novios sin fin pero los fabulosos paisajes de sus sueños quedan pronto sustituidos por la realidad cotidiana. Y la soñadora, que antes vio a Charles como el hombre, perfecto ahora sólo ve sus defectos. Y empieza a odiarle por todas esas pequeñeces. Todo se le vuelve insoportable. Si
Emma hubiera amado de veras a Charles, la ternura hubiera corrido un velo sobre
estos pequeños defectos. Pero Emma no ama. Y casi se alegra al comprobarlos,
porque eso le permite justificar la desilusión que siente, la amargura que la
está invadiendo. Por un momento parece que su marido va a convertirse en un hombre importante gracias a una operación quirúrgica que intenta. Y Emma se vuelve a ilusionar, imaginándose casada con una celebridad. Pero el fracaso de su marido aumenta su repugnancia hacia él. ¿Tal vez la maternidad cambiará las cosas? Emma no puede ya dejar de ser como es y también la llegada de su hija se reduce a algo pintoresco: ya tiene una muñeca con la que jugar, a la que vestir, a la que mimar. Y así, mientras Charles se vuelve más humano cuando se acerca a la cuna de su hija, Emma sigue encerrada en sus sueños personales. La
separación con su marido se hace más visible y la que ha fracasado en el amor
matrimonial, fracasará también en el amor adúltero. Porque ni León primero
ni Rodolfo después logran darle lo que no le dio Charles. En realidad, tras la
farsa de la aventura corrida con ellos, cuando se pierde la emoción del
descubrimiento prohibido, aparece el vacío, la sordidez de ese falso amor. La
realidad, antes o después, cobra su factura, y quien no supo vivir la de cada día,
se da ahora de bruces con la realidad de su fracaso. A Emma no le falta más que
descender al triste desenlace del suicidio. Este
breve resumen de la novela Madame Bovary de
Flaubert viene al caso porque el mundo está lleno de personajes semejantes a
Emma Bovary. Hay cientos de hombres y mujeres que se están hundiendo en
la amargura porque no han tenido el coraje de asumir día a día la realidad y
han preferido refugiarse en sus sueños. Son tal vez también almas que pudieron
ser grandes: estaban llenas de ilusiones y esperanzas, pero no quisieron aceptar
que la esperanza se construye con el trabajo diario, con la pequeña lucha de
cada hora y fueron, progresivamente, convirtiendo la esperanza en ilusión, la
ilusión en sueños, el sueño en vagabundeos mentales que les permitían vivir
una película de cine que no era su vida. Mejor que cumplir sus propios deberes,
intentaron nadar con la imaginación en sus caprichos. Y la vida se les fue
llenando de nostalgias primero, de vacío después, luego de repugnancia hacia
cuanto les rodeaba, al final de rencor contra sí mismos y contra la vida, «que
no les daba aquellos sueños que creían merecer». Se engañaban a sí mismas.
Pero no lograban burlar a la realidad, que seguía esperando fuera, al borde
mismo de sus sueños. Echaban la culpa de sus fracasos a los lugares en que vivían,
a su «mala suerte» en la elección del cónyuge, a las circunstancias que «les
impedían realizarse». La
felicidad tiene que construírsela cada uno entregándose al amor, un amor que
es generosidad, paciencia, respeto a los demás, olvido de sí mismo. Cuando
esto se olvida, acabamos adorando una estatua vacía. JLMD
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