principal        conocenos       Antonio   mm.carmelitas      anecdotas y reflexiones    calendarios   estampería  Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

                                          
Textos en formato pdf
libros
anteriores año 2008
Hojas  Culturales
María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

ALCANZAR LAS ESTRELLAS

Recibo con frecuencia cartas de muchachos que viven hambreando el éxito. Son adolescentes que me envían poemas, novelas incluso, con los que esperan tocar, de un día para otro, las estrellas con la mano. Mendigan elogios, piden ayudas, sueñan triunfos, ansían aplausos y fama, temen que no podrán seguir viviendo si el laurel se retrasa.

Y esas cartas me llenan, a la vez, de alegría y angustia. De alegría porque nada hay más bello que encontrarse con un joven ardiendo. Y de angustia porque yo sé que, desgraciadamente, la llama del éxito no es tan sólo reluciente, sino con demasiada frecuencia devoradora y destructora.

Lo diré sin rodeos: no conozco cosa más peligrosa que esa moral del éxito que se ha impuesto en nuestra sociedad y según la cual el nivel de una vida humana se mide por el triunfo externo conseguido. Y obsérvese que no hablo sólo de los triunfos económicos, de los éxitos sociales. Quiero aludir al peligro enorme de poner como objetivos centrales de la vida el brillo, la apariencia, la misma eficacia, el aplauso, ese viento vacío de la popularidad o la fama. Porque no creo que ni siquiera merezca la pena hablar de esas visiones idiotas del éxito que presentan los anuncios y en los que triunfar es poseer el mejor automóvil o lucir a la esposa más enjoyada.

Por eso escribo a veces a estos muchachos palabras que supongo que les desconciertan. Les digo, por ejemplo, que si escriben «para» triunfar, mejor es que no escriban. Que escriban sólo si lo hacen porque les estalla lo que tienen dentro, porque no podrían ni sabrían vivir sin escribirlo. Que escribir «para» el éxito y sólo para el éxito es una forme de vida estéril, cuya inutilidad sólo se descubre cuando el éxito se ha alcanzado, mientras que va dejando una siembra de amargura cuando se consigue o su logro se retrasa.

Lo malo del asunto es que yo sé que los jóvenes difícilmente pueden entenderme. Hace falta haber cumplido los cincuenta años y haber tenido ya algún éxito, o haberse vuelto lo suficientemente sabio, para descubrir que ese tipo de triunfos no pueden llenar a un alma medianamente noble. Es un vino demasiado agradable y tiene demasiados cómplices (en la vanidad, en los que nos adulan, en la misma santa y limpia ambición) como para que no se convierta en sed incluso de las almas mejores.

Pero habrá que repetirlo aunque resulte inútil: el verdadero objetivo de la vida no puede estar en algo tan pasajero como la opinión ajena, el brillo o los aplausos; sino en encontrarle un sentido trascendente y saber trasmitirlo con la vida.

lecciones de la vida humana