principal        conocenos       Antonio   mm.carmelitas      anecdotas y reflexiones    calendarios   estampería  Viviendo el catecismo de la Iglesia Católica

                                          
Textos en formato pdf
libros
anteriores año 2008
Hojas  Culturales
María entre nosotros

 

 

 

lecciones de la vida humana

TODAVÍA NO... 

Había en Normandía un antiguo monasterio regido por un abad de gran sabiduría. Un día, el obispo del lugar acudió al monasterio a pedir al abad que destinara a uno de sus monjes a predicar en la comarca. El abad decidió preparar para tal misión al hermano Francisco, un joven novicio lleno de virtud, de inteligencia y de otras singulares cualidades. El hermano pasó largos años en la biblioteca y fue discípulo de sabios monjes de otros monasterios. Cuando acabó sus estudios, predicó en el refectorio y los monjes bendijeron a Dios por la erudición de sus conocimientos. Fue a arrodillarse ante el abad:

-«¿Puedo ir ya, reverendo Padre?»

El anciano abad vio que en la mente del hermano Francisco había demasiadas respuestas.

 -«Todavía no, hijo. Todavía no...».

Le envió a la huerta donde trabajó de sol a sol dos años. Adquirió la sabiduría del campo que sabe esperar; escuchó los problemas de los campesinos y el clamor de sus quejas por la dura servidumbre que les imponía el señor del castillo; animó a los que se sublevaban contra tanta injusticia. El abad le llamó: el hermano Francisco tenía fuego en las entrañas y los ojos llenos de preguntas.

-«No es tiempo aún, hijo mío...».

Le envió entonces a recorrer los caminos con una familia de saltimbanquis. Aprendió a contar acertijos, a hacer títeres y a recitar romances, como los juglares. Cuando regresó al monasterio, llevaba consigo canciones en los labios y se reía como los niños.

-«¿Puedo ir ya a predicar, Padre». 

-«Aún no, hijo mío. Vaya a orar».

El hermano Francisco pasó largo tiempo en una solitaria ermita en el monte. Cuando volvió, llevaba el alma transfigurada y llena de silencio.

 -«¿Ha llegado ya el momento, Padre?»

No; no había llegado. Se había declarado una epidemia de peste en el país, y el hermano Francisco fue enviado a cuidar de los apestados. Veló durante noches enteras a los enfermos. Lloró amargamente al enterrar a muchos y se sumergió en el misterio de la vida y de la muerte. Cuando remitió la peste, él mismo cayó enfermo de tristeza y agotamiento y fue cuidado por una familia de la aldea. Aprendió a ser débil y a sentirse pequeño, se dejó querer y recobró la paz. Cuando regresó al monasterio, el Padre abad le miró gravemente: le encontró más humano, más vulnerable. Tenía la mirada serena y el corazón lleno de nombres.

-«Ahora sí, hijo mío, ahora sí». 

Y mientras las campanas tocaban para el Angelus, el hermano Francisco echó a andar hacia el valle para anunciar allí el santo Evangelio.

lecciones de la vida humana