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ABISMOS DE CODICIA La
primera víctima fue hallada en una sencilla pensión de Harlem, barriada de
Nueva York, habitada casi totalmente por negros. Se trataba de un hombre de
más de cincuenta años, aficioñado a la bebida y al que no se le conocía
ocupación habitual. Las apariencias indicaban que aquel era un caso vulgar;
uno de tantos hombres que en el mundo mueren alcoholizados. Mientras tanto, en una empresa dedicada a la fabricación de productos químicos, enclavada en Hoboken, y de la cual no se reveló su nombre comercial, se realizaban las comprobaciones de géneros para el acostumbrado inventario mensual. Pero había una anomalía. Del almacén faltaba un bidón de 250 litros de alcohol metílico. Se comprobaron ventas, se cotejaron salidas, se realizó nuevo inventario y conociendo la gravedad de los acontecimientos que habían sembrado el pánico en Nueva York, la gerencia de la empresa llamó a la Las investigaciones y los interrogatorios fueron largos, inacabables, cosa natural en una empresa de cientos de empleados. Al final, un hombre destrozado físicamente por la tensión nerviosa confesó su culpabilidad. Tenía 32 años; era por lo tanto joven, pero su juventud estaba lacrada por la angustia y por la desesperación. Tal vez encontremos el secreto de su vida rota, en una frase harto significativa que, como única disculpa; pronunció durante su incoherente declaración: -Necesitaba dinero... ¡Dinero! El hombre codicioso o el que está esclavizado por el vicio, nunca tendrá suficiente dinero con el que gana normalmente. Tarde o temprano será vencido por la ambición y recurrirá entonces a las más bajas acciones. Dios y sus Mandamientos son arrojados de la conciencia, embrutecida y dominada por el materialismo. El joven era uno de esos hombres débiles que se dejan arrastrar por la vorágine del mal, perdiendo su dignidad y su grandeza. Con él fueron detenidos otros dos jóvenes. Entre los tres vendieron en el Bronx y en Manhatan parte del alcohol robado a un precio sorprendentemente lucrativo: Pero ¿sabían que aquel líquido era mortífero? Horroriza pensar que así fuera. Nosotros queremos creer que les cegó la ambición, la codicia y como estaban alejados de Dios, no vieron en el robo más que la forma de conseguir unos cuantos dólares. Los tres hombres esperaron en la prisión el momento de ser juzgados por el delito de homicidio. Veinticinco personas murieron por su causa. Durante horas y horas, los acusados vivieron la angustia de una interminable espera de la justicia humana. Tal vez -y así es de desear- en esa larga espera recibieran la luz de la fe para dirigirse a Dios en demanda de perdon tras su sincero arrepentimiento.
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