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sentido de la vida

UNA CONVERSIÓN RADICAL

Tatiana Goricheva había nacido en Leningrado en 1947. En la escuela soviética de entonces, sólo se fomentaban las cualidades externas y combativas y se inculcaba el ateísmo radical. Se alababa a quien realizaba mejor un trabajo, al que podía saltar más alto, al que se distinguía por algo. Con ello se reforzó su orgullo, que floreció plenamente. Su meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie le dijo nunca que el valor supremo de la vida no estaba en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el hijo del hombre, al que ella todavía no conocía.

De día, le gustaba mucho ser una alumna brillante, el orgullo de la Facultad de Filosofía, y trataba con intelectuales sutiles, asistía a conferencias y coloquios científicos. Por la tarde y por la noche, en cambio, se mantenía en compañía de marginados y de gente de los estratos más bajos, ladrones, alienados y drogadictos. Se emborrachaba en bodegas y buhardillas. Le invadió entonces una melancolía sin límites. Le atormentaban angustias incomprensibles y frías, de las que no lograba desembarazarse. A sus ojos se estaba volviendo loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo. ¡Cuántos de sus amigos de entonces habían caído víctimas de ese vacío horroroso y se habían suicidado! Otros se habían convertido en alcohólicos. Algunos estaban en instituciones para enajenados... Todo parecía indicar que no tenía esperanza en la vida.

Pero el viento del Espíritu Santo «sopla donde quiere», otorga vida y resucita a los muertos. ¿Qué fue lo que le ocurrió entonces ? Que nació de nuevo. En efecto, fue un segundo nacimiento lo que experimentó. Cansada y desilusionada, realizaba ejercicios de yoga y el libro de yoga que seguía proponía como ejercicio concentrarse en una plegaria cristiana, en concreto la oración del Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente! Empezó a repetirla mentalmente de un modo inexpresivo y automático. La dijo unas seis veces. Entonces, de repente, se sintió trastornada por completo. Comprendió -no con su inteligencia ridícula, sino con todo su ser- que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que la ama a ella y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en su corazón! Pero no sólo en su interior. El mundo entero, cada piedra, cada arbusto, estaban inundados de una suave luminosidad. El mundo se transformó para ella en el manto regio y pontifical del Señor. ¿Cómo no lo había percibido hasta entonces? Así empezó su vida. Su redención era algo perfectamente concreto y real. Había llegado de un modo repentino, aunque la había anhelado desde mucho tiempo atrás.

Tras convertirse al cristianismo, desplegó una intensa actividad intelectual, que provocó su encarcelamiento y posterior expulsión del país.

Si alguien le preguntaba qué significaba para ella el retorno a Dios, qué era lo que esa conversión le había hecho patente y cómo había cambiado su vida, contestaba con toda sencillez y brevedad: lo significaba todo. Todo había cambiado en ella y a su alrededor. Y, para decirlo con mayor precisión: su vida había empezado sólo después de haber encontrado a Dios.

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