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UN
PASO HACIA DIOS Damián había sabido siempre qué tenía que hacer. Era un hombre seguro de sí, responsable. Bien preparado para la vida, había tenido el éxito rápido y brillante que da prestigio a la vida de muchos. «Mano dura», era su lema. Tenía pocos amigos, pero no le importaba. Prefería ser envidiado. Y lo consiguió. Vivía
confortablemente del producto de innumerables negocios. Hombre de empresa,
hallaba fácilmente salida a lo que fuese. Se había casado joven con una mujer
buena y dulce que no le dio descendencia. El amaba a su esposa, pero no le
interesaba mucho la vida familiar. Vivía absorto en sus cosas. En verdad, su
verdadero hogar era su despacho. Este hombre culto, emprendedor y honrado, no
tenía fe, no creía en nada y se sentía a gusto en su absoluta ignorancia de
Dios. ¿Para qué lo necesitaba? El era un triunfador. Pero
llegó un día en que esta existencia ordenada y sólida, se vino abajo. Se vino
abajo el prestigio, el bienestar material, la tranquilidad. Como un castillo de
naipes que el más leve soplo derrumba, así es todo en la vida de los humanos.
Nada persiste, todo pasa. También los años de éxito de Damián se terminaron.
Murió su esposa, empezaron a fallarle los negocios, perdió prestigio en el
mercado. Llegó un momento en que se vio solo, olvidado y viejo, encerrado en un
humilde piso que nada conservaba del pasado esplendor. Damián, el hombre
importante, tan seguro de sí, era ya como un detritus arrojado a un lado del camino.
Ya no le quedaba más porvenir que la muerte; y la muerte no es grata para un
hombre que no cree en el más allá. Empezó
un duro calvario. Era difícil acostumbrarse a no ser nada, a vegetar lejos de
la lucha, prematuramente envejecido por una vida demasiado agitada. No tenía
nadie al lado a quien pedir ayuda y consuelo. El, el hombre duro, que jamás
necesitó de nadie. Ahora era distinto; estaba viejo y enfermo y echaba de menos
algo que llenase su alma vacía, algo que consolase su soledad. En
la puerta de enfrente de su piso, vivía un sacerdote. El lo encontraba a veces
por la escalera y se saludaban cortésmente. No tenían nada en común fuera de
aquella vecindad. Se sabía en el barrio la irreligiosidad de Damián y el
sacerdote lo sabría también. A veces, Damián lo miraba casi con animosidad.
Sin embargo, ¿por qué fue a él a quien recordó primero cuando, diagnosticada
por el médico una grave enfermedad, nuestro hombre se vio de pronto encarado
con la eternidad? No tenía amigos, nadie en quien descargar el peso de su alma,
la amargura de su soledad. Y le llamó. Tímidamente, como un niño que hace
algo que no debiera hacer. Le
recibió hurañamente, hundido en su sillón, envuelto en su bata raída. El
cura se sentó frente a él. -Ud.
dirá. -No
le he llamado para confesarme ni nada de eso. Quiero decirle, aunque tal vez Ud.
ya lo sepa, que yo no tengo fe. -Lo
sabía. Y bien... Parecía
esperar. Se inclinaba ligeramente hacia él, afable, tranquilo. Damián vio unos
ojos comprensivos detrás de los cristales de las gafas. Unos ojos dulces, de
hombre bueno. Y el corazón se le llenó de una conmovida tristeza. -Aún
no sé por qué le he llamado. -murmuró-. He sido un hombre de presa; uno de
esos hombres que se llevan al mundo por delante como un trofeo. Jamás necesité
de nadie. Ni siquiera de Dios. Pero ahora... -Se calló un momento, perplejo-.
Hace un tiempo que no sé lo qué me pasa. No es porque estoy viejo y enfermo y
me queda poco para morir. Es que estoy solo y siento el alma vacía. ¡Eso! El
alma vacía. Creo que si me atreviera a ser franco conmigo mismo diría que
desearía tener fe... ¡Pero no la tengo! -La tendrá -aseguró el sacerdote- Desear tener fe es casi como tenerla. ¡El primer paso hacia Dios! Pero siga pidiendo y Dios le escuchará.
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