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TODO NO IBA BIEN

Paul Misraki fue un popular compositor de música ligera, especialmente dedicado a componer para las películas francesas. Fue autor de varios conocidos temas musicales.

Misraki no fue, sin embargo, un músico nuevo. Hacía ya muchos años que una de sus canciones, «Tot va trés bien, Madame la Marquise», fue cantada en muchos países del mundo; en España se conoció bajo la letra de «Sin novedad, señora Baronesa». Decimos que hace años de ello, y en aquel tiempo en la vida de Paul Misraki, como en antagonismo con el título de su célebre canción, todo no iba bien.

No. Algo no funcionaba bien en la vida de aquel joven hijo de judíos que habían dejado de practicar absolutamente su religión y para los cuales lo único de valor eran las virtudes morales humanas; creció Misraki en un ambiente de incredulidad, opuesto a todo lo sobrenatural, y su juventud se resintió de aquella educación ...

Estudiante en un acreditado colegio de Janson, esta circunstancia decidió en gran parte su porvenir. Trabó en dicho colegio amistad con otro alumno destinado a ser también célebre: el más tarde conocido músico y director de orquesta Ray Ventura. Y cuando éste formó una orquesta de jazz de aficionados llamada «Los Colegiados», Misraki se enroló en ella como pianista y compositor. Pero el éxito precisamente de su canción «Sin novedad, señora Baronesa», le hizo abandonar aquella vida bohemia de conciertos a través de toda Francia para dedicarse exclusivamente a componer música.

En París, de éxito en éxito con sus canciones, económicamente bien situado, Paul Misraki parecía tener todo cuanto un hombre puede ambicionar. Pero fue entonces cuando empezó a experimentar una angustia honda que con nada se satisfacía. Como disgustado consigo mismo, buscó en el placer, en la vida ligera y frívola de París, una huida para aquella angustia. De aquel tiempo son estas palabras de Paul Misraki: «Si esto sólo es lo que procura el éxito, ¡qué cosa tan miserable y pobre es el éxito!»

Desconcertado de momento, el compositor célebre buscó la solución en las teorías orientales exóticas y en el espiritismo. Pero supo comprender su error. Buscaba noblemente la verdad y la Providencia no podía abandonarle. Algún tiempo después. Paul Misraki leía los Evangelios... ¡Allí estaba la verdad! Y tras un período de meditación y estudio, un nuevo católico entraba en la Iglesia a la edad de 31 años.

Años más tarde fallece su madre a la edad de 63 años dejando en él un gran vacío. Solo por completo -su padre había muerto años atrás- el compositor vuelve a trabajar tenazmente en el ambiente artístico de París. Pero aquel ambiente amoral de artistas y de estudios cinematográficos le da miedo por lo que tiene de obstáculo para su vida espiritual. Cree que su camino es otro, y no vacila. Va a Saulchoir a hacer ejercicios en completo retiro. Piensa en dejarlo todo para entrar en la vida religiosa. Pero ese retiro le muestra su incapacidad física para la vida conventual.

En aquellos momentos de duda, el padre Carré, consiliario de los artistas e intelectuales de París le consuela, le orienta y le ayuda a aceptar su vocación y su misión: permanecer en el ambiente en que las circunstancias le han colocado, para llevar a él la presencia de Cristo.

Paul Misraki se casó con una cristiana fervorosa, fue padre de dos hijos y vivió aunando su carrera profesional de compositor con su vida de católico sincero.

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