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María entre nosotros

 

 

¿SILENCIO O SORDERA?

Ernesto Sábato (1911) novelista y ensayista, hacia los dieciséis años se vinculó con grupos anarquistas y comunistas, porque nunca soportó la injusticia social. En medio de la crisis total de la civilización que se levantó en Occidente por la primacía de la técnica y los bienes materiales, miles de muchachos volvían los ojos hacia la gran revolución que en Rusia parecía anunciar la libertad del hombre.

Con el tiempo, ese muchacho idealista abandona el marxismo-leninismo, porque le pareció un disparate filosófico y se entregó a la ciencia. El joven nacido en la pampa argentina emprende con éxito una carrera científica y llega incluso a trabajar en el laboratorio Curie de París. Pero reconoce que allí, «en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido,>. ¡Ay el vacío de sentido! Fue entonces cuando buscó refugio en la literatura.

El vacío de sentido que siempre ha oprimido a Sábato y a tantos otros como él está relacionado con el más perverso de los efectos del progreso científico y económico: la reducción del hombre a un número, a una cosa. Su deshumanización. Sábato ilustra eficazmente esa lacerante deshumanización en tristes páginas sobre el terrorismo internacional, los conflictos bélicos de fin de siglo o la explotación infantil. Progreso científico y económico que da las espaldas a los objetivos de Dios para el hombre. En la vejez de Sábato, el dolor repite su zarpazo insoportable con las muertes de su mujer Matilde y de su hijo Jorge. El dolor despierta de manera acuciante la pregunta sobre Dios.

Desea ardientemente a Dios como garantía de inmortalidad y como padre compasivo. Después de la muerte de su hijo ya no es el mismo, se ha convertido en un ser extremadamente necesitado, que no para de buscar un indicio que muestre esa eternidad donde recuperar el abrazo de sus seres queridos.

No busca a Dios como una afirmación o una negación, sino como a una persona que le salvará, que le llevará de la mano como a un niño que sufre.

El intelectual que cita en su obra los pensamientos negros que nos sobrevienen de tanto en tanto a todos no tiene empacho en reconocer cuándo encuentra alivio: «cuando abandono esos razonamientos que acaban siempre por confundirme, me reconforta la imagen de aquel Cristo que también padeció la ausencia del Padre.,>

Tal vez todos tendríamos que contemplar un poco más la cruz de Cristo para comprender el misterio de la libertad, del mal, del pecado, del amor infinito y misericordioso de un Dios tan cercano. Se habla del silencio de Dios... ¿No sería mejor hablar de la sordera del hombre?

sentido de la vida