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sentido de la vida

¿POR QUÉ A MI?

    Cuando nos alcanza el sufrimiento no podemos eliminarlo psicológicamente mediante alguna terapia. El sufrimiento nos señala el camino hacia el interior, hacia el verdadero sí mismo, hacia el santuario interior. El sufrimiento no es, entonces, un mero camino de maduración humana sino también un modo de profundización espiritual.

   El hecho de que el sufrimiento pueda convertirse en un camino de maduración personal no es todavía un fundamento para la existencia del sufrimiento. Sólo es una respuesta que puedo brindar frente al sufrimiento provocado por motivos externos. Conozco a mucha gente mayor que ha madurado a través del sufrimiento que irradia una profunda sabiduría e indulgencia. La palabra en alemán «weise» (sabio) proviene de «wissen» (saber) y ésta a su vez del latín «vidi»: he visto. Estas personas han visto mucho dolor y a través de él se volvieron sabias. Y son indulgentes. La indulgencia tiene su origen en el verbo «mahlen» (moler). Ellas fueron molidas en la rueda del infortunio. Se han dejado moler. Ahora son blandas. Ya no existe ninguna dureza en el juicio, sino comprensión e indulgencia. Quisiera citar tan sólo un ejemplo de personas que maduraron a partir de la experiencia del sufrimiento y que son transparentes para otra realidad, en última instancia, permeables a Jesucristo.

   El Padre Sales vivió durante cuatro años en el campo de concentración de Dachau. Lo que vivió allí lo describió poco tiempo después de su liberación en el libro «Dachau -eine Welt ohne Gott» (Dachau: un mundo sin Dios). Posteriormente condujo durante mucho tiempo una escuela conventual como director y se dedicó a esta tarea con total empeño. Cuando entregó la dirección de la escuela, continuó enseñando con gran dedicación y mansedumbre en las clases inferiores. En la vejez no quería hablar más de la época en el campo de concentración. Cuando una de las carmelitas de Dachau le preguntó por sus experiencias allí, se negó a responderle. Eso pasó hace tiempo. En los últimos años antes de su muerte escribió lo que sabía sobre la historia de la abadía reconstruida en 1913. Todavía puedo recordar muy bien cuando a los ochenta y cinco años se me acercó con su bastón a la administración para leerme todo lo que había escrito de los últimos años. Irradiaba mansedumbre. Había madurado a través del sufrimiento y de la vida.

 

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