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Marilú Capín de
Aguilar
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LA TÍA ROSA La Tía Rosa lo era de mi amigo Manolo, de sus cinco hermanos e indirectamente de todos sus amigos. Mucho más tarde supe que la tía Rosa se había hecho cargo de mis seis amigos y de su padre cuando una leucemia arrebató a la joven madre y esposa. Entonces la tía Rosa, que estudiaba Medicina y tenía un novio con el que estaba a punto de casarse abandonó todo para encargarse de aquella patulea y de su cuñado desarbolado por la situación. Dejó su vida, dejó sus esperanzas, puso de lado su amor y se entregó a otro amor menos personal y más sacrificado. Y recuerdo que había en aquella mujer algo que me desconcertaba de niño: una extraña mezcla de cariño y distancia. Se volcaba en atender a sus hijos-sobrinos, pero dejaba siempre en el fondo una especie de seco distanciamiento, que hacía que se la amase siempre con reparos. Yo comencé a juzgarla una solterona amargada. Tuvieron que pasar muchos años y tuve que ser yo ya sacerdote para que un día me confesase que era sincera a la hora de querer y hacía de actriz al mantener la distancia. Porque -me explicó ella- «una tía debe suplir a una madre pero nunca sustituirla». Ella debía conseguir que a mis amigos no les faltase nada de este mundo, pero que no olvidaran nunca que les faltaba la madre que ya no estaba en él. Y mantenía una cierta hurañía para que «sus sobrinos no la quisieran demasiado". Descubrí que la tía Rosa tenía miedo a que, sobre todo los pequeños, llegaran un día a quererla tanto que olvidasen a la muerta. Y se entregó a aquella especie de doble comedia en la que, al mismo tiempo, mantenía el fuego sagrado del amor en la casa, pero dirigía las mejores llamas hacia la ausente. Quería ser «una suplente» Yo aprendí mucho de aquella mujer, porque precisamente como sacerdote sé muy bien que nosotros hemos de vivir esa misma comedia: transmitir a la gente el amor de Cristo. cuidando mucho de que la gente dirija su amor hacia el mensaje y no hacia el mensajero, hacia el Cristo a quien representamos y no a nosotros como curas y simple testigos. No olvidaré nunca aquella escena de una novela de Bernanos en que el sacerdote que consigue llegar al corazón de una mujer y cuando ella, arrepentida de sus pecados, le dice: «A usted me entrego», responde: «¿A mí? Es como si echara usted una moneda en una mano agujereada.» Un sacerdote, lo entendí entonces, es exactamente una mano agujereada en la que importa mucho más el agujero que la mano, de modo que las monedas de amor o arrepentimiento que alguien nos entrega caigan siempre a las otras manos de Dios que hay bajo las nuestras. J.L.Martin Descalzo
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