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GETSEMANI Este nombre viene del hebreo Gat Shemen, que significa prensa de aceite. El huerto de Getsemaní está situado en el valle Cedrón, en la falda del monte Olivete, a orilla de la carretera que va a Jericó, junto a la Basílica de la Agonía. Reliquias impresionantes son los milenarios olivos que hay en el Huerto. Se conservan tan sólo ocho olivos datados científicamente como de la época de Cristo, de enorme grosor y de aspecto añoso. El misterio de Getsemaní es el misterio de la cruz y del dolor. Aquí junto a la roca oímos a Jesús decir: «me muero de tristeza». Aquí «oró y suplicó con fuerte clamor y con lágrimas», y sus discípulos le vieron «postrado, rostro en tierra» y cómo el sudor le caía hasta el suelo en forma de grandes gotas de sangre. La cruz, el mal, el sufrimiento, es un misterio difícil de asimilar y no es fácil de relacionar con la afirmación de la existencia de Dios, y menos aún de un Dios-Amor, infinitamente bueno. Pero Jesús comparte con nosotros el dolor. Es un Dios sensible a los gritos del dolor humano, afectado por sus sufrimientos y solidario con los hombres, es donde el ser humano encuentra esperanza y vislumbra la salvación. Ayuda a comprender algo la historia que sobre Auschwitz cuenta Elie Wiesel, el judío anclado en una formación ortodoxa, influido por la corriente mística del jasidismo y que recibió el premio Nobel de la paz 1986. Estuvo con todos los suyos en el campo de concentración donde murieron sus padres y Tsipouka su hermanita, y él fue el único superviviente de su familia: «Dos hombres judíos y un niño fueron ahorcados en presencia de todos los presos. Los dos hombres murieron enseguida. Los tormentos del niño duraban largo rato. Entonces gritó alguien detrás de mí "¿dónde está Dios?" Yo callé. Al cabo de media hora volvió a gritar "¿dónde está Dios? ¿dónde está?" Y una voz dentro de mí respondió; "¿dónde está Dios?, aquí está. Ahorcado en este patíbulo"». Después de lo que sucedió en todos estos campos de concentración, es imposible una teología, sino fuese porque en ellos fueron rezados a la vez el Padrenuestro cristiano y el Shemá judío. Es imposible si el mismo Dios no estuvo en Auschwitz y sufrió con todos los hombres asesinados. Toda otra respuesta sería incomprensible si Dios mismo no estuviera allí con su presencia. Efectivamente, no es fácil aceptar a un Dios que quisiera el dolor. Sería duro creer en un Dios que lo consiente. Sólo es creíble un Dios que lo comparte. Es lo que tan bellamente ha escrito Paul Claudel: «El sufrimiento es un misterio. Jesucristo no ha venido a suprimir el sufrimiento. Tampoco ha venido a aclararlo: Ha venido a acompañarlo con su presencia». Y es lo que de algún modo se afirma en el Talmud cuando dice que Dios sufre con el hombre. ¿Por qué? «Para entender mejor al hombre y para que el hombre entienda mejor a Dios.» Por la fe, que es un don de Dios, sentimos que nos acompaña. Aquel caminar de Jesús con sus primeros discípulos, lo vivimos hoy de modo real, sencillo y profundo. Dios es invisible como el viento que sopla dulcemente, generoso como la tierra a la que nutre y protege, fuente de vida como el agua que refresca. Pero hay que orar, rezar, con más frecuencia, yendo al encuentro de quien no se ve, de quien no se oye, pero que nos acompaña y está siempre a nuestro lado.
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