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EL SUFRIMIENTO VISTO POR UNA PSICÓLOGA Hay que admitir que el sentido de un sufrimiento nunca es manifiesto; en todo caso, lo es con posterioridad al momento en que se produce. Sin embargo, un sufrimiento podría tener un sentido que se escapara de cualquier entendimiento humano. Viktor E. Frankl recurrió a una deducción analógica entre el mundo animal y el mundo humano para explicar la relación entre éste y el «más allá». Siguiendo esta idea, de vez en cuando explico a los participantes en mis terapias de grupo la anécdota de un gato que vivía en nuestra casa y al que habíamos cogido mucho cariño. Un día, un matrimonio conocido nuestro nos hizo una visita y trajo a un enorme bulldog cuya diversión preferida era cazar felinos. Debido a ello, mientras duró la visita encerramos a nuestro gato en una habitación contigua, donde se pasó toda la tarde maullando desesperadamente. El animal no podía comprender por qué había sido excluido y nosotros no podíamos hacerle entender el «sentido de su sufrimiento», que no era otro que el de no ser destrozado de un bocado en el pescuezo. ¿Por qué no podíamos explicarle el sentido de su exclusión? No era porque no existiera tal sentido, sino porque el gatito no habría comprendido la más clara de nuestras explicaciones. Al finalizar este relato, pregunto a los participantes si son capaces de imaginarse que también nosotros, los seres humanos, nos encontramos de vez en cuando en la situación del gato, arañando una puerta cerrada y sin comprender el motivo de nuestra exclusión de los placeres de la vida. ¿No es posible que en nosotros también haya escondido un sentido superior que no se manifiesta ante nuestro entendimiento? Los participantes acogen positivamente esta metáfora y, a menudo, aportan ejemplos de vivencias propias de los que se deduce que un suceso de sus vidas, en un principio doloroso, ha tenido posteriormente un sentido que en un primer momento no veían. Estas reflexiones ayudan a cargar con valentía la cruz que cada uno lleva a sus espaldas. En el círculo de meditación se averigua aquello que los participantes consideran sus valores más elevados y, al mismo tiempo, se hace constar que algunos sistemas de valores son muy ricos, mientras que otros no van más allá de un único y gran valor, como el trabajo o la educación de los hijos. También se trata la cuestión de que lo segundo es peligroso, porque cuando un único «valor máximo» se pierde, el afectado cae inmediatamente en el vacío de valores. Frankl escubrió muy sabiamente que detrás de todo malestar hay una idolatría. Siempre que se da una validez absoluta a algo, es decir, siempre que se sobrevalora de forma exclusiva, su pérdida arrastra a las personas al malestar. Porque en última instancia el valor que sustenta todos los demás es Dios, y sin este, todos nuestros intereses, aficiones y valores pierden su sentido. |
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