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EL RIESGO DE DIVINIZAR LO HUMANO «¿Para qué he vivido? He estado toda mi vida a la espera de algo, de algo grande, y ese algo no ha llegado». Da
pena este desahogo del escritor francés Musset en su agonía. Alfred de Musset
moría alcoholizado a los 47 años dejando tras sí una extensa obra literaria y
diversos amoríos con actrices de teatro tras una apasionada relación con
Geoges Sand. El proyecto autodestructivo encargado a las criaturas de su
imaginación fue llevado por él a la realidad de manera casi fatídica. La
frustración que destilan sus palabras representa, en una proporción
insospechada, la realidad de la mayor parte de las personas que viven sin Dios,
hasta el punto de constituir un fenómeno peculiar de nuestra época. Así lo reflejan los sentimientos de don Fabricio, príncipe de Salina, personaje central de El Gatopardo la genial obra de Lampedusa. Don Fabricio, invitado a una de esas fiestas que tanto tiempo habían tomado de su vida, siente súbitamente el vacío de todo lo que le rodea, como si, de un lúcido golpe de vista, hiciese el inventario de esa existencia suya considerada por todos feliz y «realizada»: «Nada
le agradaba. Ni siquiera las mujeres que asistían al baile. Dos o tres de
aquellas mujeres viejas habían sido sus amantes y, viéndolas ahora cansadas
por los años y las nueras, le suponía un trabajo enorme el pensar que había
malgastado sus mejores años persiguiendo y alcanzando a esos espantajos. Pero
tampoco las jóvenes le decían gran cosa... cuanto más las miraba, más se
irritaba... ». «Don
Fabricio conocía bien esta situación... Sentía cómo el fluido vital, la
facultad de existir; la vida, en suma... iba saliendo de él lenta pero
inexorablemente, como los pequeños granos se amontonan y desfilan uno tras
otro, sin prisa pero sin detenerse, por el estrecho orificio de un reloj de
arena. En algunos momentos de actividad intensa, de gran atención, ese
sentimiento de continuo abandono desaparecía para volver a presentarse
impasible en la más breve ocasión de silencio o de introspección, como un
zumbido continuo en los oídos, como el tictac de un reloj que se escucha cuando
todo calla, y entonces nos deja la seguridad de que siempre estuvo allí,
vigilante, incluso cuando no se oía. »Un
mínimo de atención hubiera bastado para escuchar el rumor de los granos de
arena que se deslizaban suavemente, de los instantes de tiempo que huían de su
mente y la abandonaban para siempre...: era la sensación de un continuo y
minucioso desmoronamiento de la personalidad». Cuántos,
hoy, en sus afanes sentimentales, profesionales y económicos en los que
depositan todas sus esperanzas y también sus depresiones inexplicables,
inquietantes y difusas, que los cercan como sombras, están, sin saberlo,
experimentando esa misma sensación. ¿Por
qué se repiten tanto esas situaciones hoy en día? ¿Por qué el hombre moderno
se encuentra tan indefenso ante la decepción y se muestra tan vulnerable a las
frustraciones? Porque diviniza lo humano. Y cuando lo humano y lo que parecía
absoluto se desintegran, el hombre se encuentra suspendido en el aire: no
encuentra nada en qué apoyarse, todo parece precipitarse hacia abajo, corno un
río en la catarata. Y se siente el vértigo de la existencia... Sin
tener un fundamento cristiano -su origen era judío-, el famoso profesor de la
Universidad de Viena Viktor Frankl, se expresa de forma sorprendente: «No
vacilo en afirmar que siempre que alguien está desesperado consigo mismo es
porque ha divinizado algo, ha hecho de algo un valor absoluto. »Una época como la nuestra, en que tan difundida está la frustración individual, es una época de angustia desesperada para tantos precisamente porque es una época en la que a muchos les falta un sentido para su vida, y esto sucede porque divinizan la capacidad de trabajo y de placer. Es indiscutible que también en tiempos pasados se daba la frustración existencial, pero los hombres afectados por ella iban al sacerdote y no al médico; ahora deberían hacer lo mismo»
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