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EL HOMBRE QUE QUERÍA SABER DEMASIADO

José Alberto Campanario. Ese era su nombre. Siempre sacó buenas notas en todas las asignaturas. Acabado el bachillerato  indeciso entre las letras y las ciencias escogió química porque le parecía que era la "ciencia central" que estaba entre las ciencias de la vida y las ciencias de la naturaleza inanimada. Y para ganarse el pan entró a trabajar en una pequeña editorial. 

Campanario, siendo una persona normal y corriente-tal vez un poco más lista que la media pero sólo un poco más-  se creía un genio y pensaba que lo que necesitaba era tranquilidad para estudiar y contestar a las innumerables preguntas que su calenturienta cabeza le planteaba.

A trancas y barrancas acabó su carrera que nunca ejerció y menos amó. Campanario vivía como las cigüeñas en los campanarios de las viejas iglesias: anidan, marchan, vuelven. Sin preocuparse del futuro porque tienen al alcance el trigo de los campos. No se preocupó de labrarse un porvenir para  formar una familia. Ni se planteó en serio comprometerse con Dios y con su prójimo. Con su trabajo se mantenía y ayudaba a la economía doméstica. No le preocupaba prosperar en la vida o fijarse unas metas. Vivía para leer y unas cuentas cosas más. Algunas buenas, porque no todo era malo en Campanario ni mucho menos.

Hay pocas preguntas que vale la pena responder para dar sentido a la vida: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Existe Dios? Y si existe Dios...¿se ha puesto en comunicación con nosotros? ¿Cómo me puedo relacionar con él? ¿Qué quiere Él que haga en esta vida? Tal vez si Campanario se las hubiera formulado desde el principio y las hubiera respondido con sinceridad se hubiera ahorrado muchos problemas. Y hubiera entregado su vida a otros ideales y personas, lo que siempre es mejor que vivir calentándose la cabeza con problemas que nunca tendrán completa solución aquí abajo. Al ritmo de sus inquietudes Campanario leía y compraba libros de todos los temas. Se convirtió en uno de tantos "aprendices de todo y maestros de nada". 

Pero Campanario como todo el mundo,  se fue haciendo mayor. No se daba cuenta del grave problema que tenía: una verdadera "bibliopatía". Aparentemente era una persona normal pero por dentro estaba encadenado al ansia de saber como lo está el drogadicto a la droga o el avaro a su dinero. Y con la edad Campanario fue perdiendo capacidad: capacidad para leer, capacidad para responder a las preguntas, capacidad para recordar. Más que perder su capacidad, Campanario no la tenía en la medida suficiente para estar al día de todo lo que el saber humano limitadísimo iba descubriendo.

 Alguien le dijo que no era tan inteligente como se pensaba. No le hizo caso. Alguien a quien mucho quería le advirtió que el saber era bueno pero en su caso se había convertido en un vicio bajo el que escondía sus verdaderas necesidades espirituales y materiales: un ídolo de barro que le ocultaba al verdadero Dios. Tampoco hizo caso Campanario. Sólo cuando llegó la enfermedad en forma de depresión y neurosis obsesiva y cuando años después falleció esa persona a quien mucho amaba, comenzó a tomar conciencia de sus limitaciones y de cómo había malgastado su vida persiguiendo el sueño inútil de saber de todo y de tener todas las respuestas. Campanario se dio cuenta del pozo en que estaba metido: deseaba salir pero no podía y no pedía ayuda al Único que se la podía dar. 

Para colmo, como Campanario no tenía ni tiempo ni capacidad para asimilar todo lo que quería leer, adquirió la manía de colocar  sus libros en estanterías en el orden en que los leería... cuando pudiera. No podía resistirse a la tentación de comprarlos aún a sabiendas de que tal vez nunca los podría disfrutar. Su biblioteca aumentaba y con ella la obsesión de ordenar una y otra vez sus libros en un orden que siempre cambiaba...¡ya que al agregar un nuevo libro había que cambiar el orden! 

Al final de este proceso autodestructivo Campanario parecía un pobre demente que antes de ir a trabajar y cuando regresaba del trabajo reordenaba sus libros según el nuevo orden lógico en que creía que los debía leer. Campanario ya apenas leía. Sólo cavilaba y cavilaba sobre el orden de sus futuras lecturas. Cuando rezaba, mientras trabajaba, cuando paseaba, antes de irse a dormir...si es que  dormía. Sólo el trabajo, las amistades, el voluntariado que realizaba o algo muy interesante o urgente le sacaban de su extraño mundo.  Lo sabía pero no podía evitarlo. Y -paradojas de la vida- ya no leía. Empezaba muchos libros pero apenas pasaba de la introducción, la contraportada, el índice  y pocas páginas más. No podía con ellos. O porque pensaba que había otros mejores o -causa principal- porque ya no tenía paciencia para entender. No se daba cuenta de que no era una mente angélica y tenía que aprender con tiempo, paciencia y esfuerzo. Y sólo unas pocas cosas de unos pocos temas. Se había convertido en un vago intelectual y lo que es peor en un caso de libro de texto psiquiátrico...

Una noche, desesperado, Campanario pidió ayuda a Dios. Le dijo algo así: "Estoy enfermo, Señor. Tengo una obsesión a la que me ha llevado la soberbia, el querer ignorar mis límites, el miedo al mundo real y a adquirir responsabilidades. Sólo tú puedes librarme de esta cadena. Líbrame Dios mío, para que pueda ver el mundo como tú lo has hecho. Líbrame para que lo que me quede de vida pueda alabarte y servirte".

Campanario había orado a Dios muchas veces. Pero nunca lo había hecho de corazón. Con ganas. Esta vez lo hizo. Y Dios vino en su ayuda. Aparentemente nada cambió. Pero dejó de comprar libros. Y de reordenar las estanterías. Comenzó a leer por entretenimiento y a apreciar el aprender como un regalo y como una lucecita en la oscuridad del misterio divino. Porque a fin de cuentas, si perdiera la memoria...¿de qué se acordaría? O sí quedara en la ruina o imposibilitado, o estuviera como enfermo terminal en la cama de un hospital...¿Qué le preocuparía entonces? Campanario salió del cuarto de espejos en que estaba sumergido al mundo real. Y rehizo su vida.

A veces Dios permite que las personas den libremente muchas vueltas e incluso que enfermen, para que le puedan encontrar y reconocer como su Señor.

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