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CAMBIÓ LA VIDA Dice Frossard: «Yo dormía en una de las tres habitaciones que durante el día servían de oficina a mi padre. Frente a mi improvisado lecho, pendía de la pared un retrato de Karl Marx... Dada mi corta edad, éste me fascinaba; le veía como un león, una esfinge, una erupción solar. Su frente monumental emergía de una nube de hilos de plata como un torrente inconquistable de pensamientos. Su mirada, de una agudeza extraordinaria, perseguía al eventual contradictor a través de toda la sala para reducirlo al estado de objeción aplastada... Había en él algo indestructible y que era, cambiado en piedra, la certeza de tener razón. Este bloque dialéctico compacto velaba sobre mi sueño de niño...» Así de apasionadamente describía el retrato de Marx, el joven Andrés Frossard, que fue hijo de Luis Frossard, primer secretario general del Partido Comunista francés. Andrés fue en su día redactor del periódico «Le Figaro» de París. Y sigue diciendo: «Éramos unos perfectos ateos, de aquellos que no discuten ya su ateísmo y para quienes el problema de la existencia de Dios incluso ya no tenía sentido». Empapado de Voltaire y de Rousseau durante sus años de liceo en París, mal estudiante, falta con frecuencia a clase; callejea y se entretiene dibujando. Así era Andrés Frossard. A los diecisiete años, su padre cansado de la vagancia del hijo en los estudios y de su falta de voluntad para ganarse la vida, le hace entrar en un periódico de la tarde. A Andrés le agrada el oficio, mas su conducta no cambia. Pero a los veinte años interviene insospechadamente para todos, la mano de Dios. Nos lo narra rápidamente, taquigráficamente: «Impaciente por la tardanza de un amigo con quien estaba citado tras un encuentro casual el día anterior, y no sabiendo ya que hacer mientras seguía esperando , entré, sin que supiera si era la inercia o por casualidad, en una iglesia cercana. Estaba expuesto el Santísimo -en aquel entonces yo no sabía en realidad qué era- unas religiosas permanecían de rodillas en actitud reverente ante la custodia. Y de pronto oí susurrar dos palabras que nunca había oído ni leído: «Vida espiritual». Al salir del templo encontré ya al amigo; éste halló extraña mi mirada y me preguntó sorprendido: «¿Qué te sucede?» y le di esta contundente respuesta: «Soy católico». Y, temiendo no haber dicho lo suficiente, agregué y recalqué con firmeza: «Católico, apostólico, romano...» La impresión de las palabras «vida espiritual» duró un mes. Al cabo de este tiempo, se hizo instruir por un sacerdote y se dispuso para ser bautizado. De aquellos días de instrucción religiosa escribió después: «Lo que aquel docto sacerdote me dijo de la doctrina cristiana, en realidad hacía tiempo que mi alma lo esperaba, lo necesitaba y lo recibí con gozo; la enseñanza de la Iglesia es verdadera hasta la última coma... Una sola cosa me sorprendía, la Eucaristía, y no porque me pareciera increíble, ¡si era obra de Dios!, sino porque el amor divino había encontrado, con este modo inaudito de comunicarse, un recurso maravilloso: y sobre todo porque para hacerlo había escogido precisamente el pan, que es el alimento del pobre y el preferido de los niños...» Este ateo convertido profundamente a la vida cristiana, manifiesta sus sentimientos de gratitud al Señor, en el contenido de dos de sus magníficos libros publicados bajo el título de «Dios existe, yo me lo encontré» y en el sugestivo dedicado al Santo Padre, Juan Pablo II, «¡No tengáis miedo!»
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