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UN BUEN LADRÓN DEL SIGLO XX Me
llamaron de la Prisión Provincial de Tarragona para que atendiera
religiosamente, en caso de ser requerido, a un reo que iba a ser ejecutado
al día siguiente. Eran las 9,30 de la noche del día 1 de marzo de 1974. Aunque indicó que, de momento, no requería asistencia religiosa, sí aceptaba compañía. Estuvimos jugando con él y otros funcionarios al parchís. Entre partida y partida charlábamos de todo. Le pregunté sobre sus creencias religiosas. Me dijo que era católico y que sus padres, también. Contó que había perdido a sus padres a los 5 años, desaparecidos cuando la guerra. Llevado a centros donde se encontraban centenares de niños abandonados, experimentó la dureza de algunos de esos centros, donde castigos fuertes por travesuras infantiles eran ley... El
recuerdo luminoso: su primera comunión, a los 11 años. Manifestó públicamente
creer en Dios y en Jesucristo nuestro Salvador. Conocía bien su vida. Los
funcionarios de la cárcel se desvivían derrochando afectos y atenciones. Serían como las tres, se le avisó que estaba el abogado defensor y el decano del colegio de abogados. Los recibió cordialmente. Amanecía, levantó la cabeza a la luz que se filtraba por las rejas de la ventana. «Tal vez -dijo- será para mí el último amanecer». Se hizo un silencio para reanudar el juego. «¿Cómo es que hoy no tocan diana?» «Es por respeto a ti». Una sonrisa de agradecimiento iluminó su rostro. «Cuánta gente se está hoy preocupando por mí». Eran las 5. Entró el Jefe de Servicio. Con emoción reprimida le indicó que la llamada telefónica no sonaba. Que si era creyente, procurara arreglar sus asuntos con Dios. «También, dijo, me tocó comunicárselo a mi padre, antes de una operación que le costó la vida. Con el mismo afecto se lo indico a usted». Cristo Eucaristía que nos había acompañado, durante las 12 horas en la cajita dorada, junto a nosotros, iluminó su alma, como en el día de su primera comunión. La unción de los enfermos le infundió fuerza para comprender el valor del sufrimiento y de la muerte. Mirando el crucifijo, regalo de mi madre el día de mi primera misa, lo cogió entre sus manos para besarlo. «El murió sin amigos; yo, en cambio, muero rodeado de ellos». Un abrazo fue la despedida. Había, en medio del dolor, serenidad y paz. Eran las 9. Se le anunció la pronta ejecución. Se despidió de los funcionarios y les pidió perdón, por si en algo les había molestado, durante su estancia en la cárcel. Estos, a su vez, también le pidieron perdón y le estrecharon la` mano, indicándole que estaban contentos con su comportamiento. Con el crucifijo entre sus manos, abrazado a mí, le acompañamos al lugar de la ejecución. Acabado
todo, el Jefe de Servicio colocó dentro de la caja el crucifijo de mi madre. Le
recé un responso. Más tarde, celebraría la Misa en sufragio de su alma. Heinz
Chez, de 33 años, murió el 2 de marzo de 1974, amado y perdonado. «Descanse
en paz». |
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