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TU DOLOR ES EL MÍO Rambert
es un muchacho joven, feliz. Ha dejado en Francia a una mujer amada y viaja a Orán,
para hacer un reportaje, pocos días antes de que en la ciudad se desencadene la
peste. No es un hombre profundo. Hace su oficio y no es amigo de las grandes
ideas o las grandes cavilaciones. Vive. Y su vida es dichosa, iluminada por uno
de esos amores sencillos, sin complicaciones. Rambert es el símbolo del joven
moderno que «se dedica» plenamente a ser feliz. Pero
la peste le sorprende en Orán y queda encerrado en la ciudad cuando en ella se
declara la cuarentena. Su primera reacción es de cólera: el problema de la
ciudad es algo que a él «no le concierne». No se siente ligado a las medidas
que las autoridades adoptan. Piensa que el suyo «es un caso personal». Y
decide escapar, contraviniendo las normas comunes. El, piensa, no es «culpable»
de lo que en la ciudad ocurre. No tiene por qué pagar las consecuencias. El
tiene «derecho a la dicha». Cuando
consulta su caso al doctor Rieux, que ha decidido renunciar a su propia dicha
para curar a los apestados, el doctor aprueba su decisión: respeta el «derecho
a la dicha» de Rambert y sabe que su decisión personal de renunciar a ella no
le permite imponer a los demás esa renuncia. Le ayuda, incluso, a conseguir una
fuga que no se permite a sí mismo. Pero
mientras Rambert está preparando su escapada, va descubriendo que, cuando en
una ciudad hay peste, ya no hay «casos personales», que todos los hombres están
unidos por un mismo destino y por sus circunstancias. Descubre que «el hombre
es una idea bien pobre cuando se aparta del amor» y empieza a «sentir vergüenza
de ser feliz él solo». Esto le empujará a renunciar a su dicha personal para
embarcarse en la aventura de combatir el dolor de todos. Ha nacido en él algo
que no sospechaba, uno de los sentimientos más nobles del hombre: la
solidaridad. No
creo que haga falta apostillar con comentarios esta historia que narra Albert
Camus en su novela La Peste. Formularé solamente unas preguntas: ¿Hasta
qué punto, en un mundo que sufre, tiene alguien «derecho» a dedicarse únicamente
a disfrutar de su propia dicha? ¿No tendrá todo humano «obligación» de
renunciar a ciertas zonas de su felicidad personal para combatir el mal, el
dolor, la injusticia de este «nuestro» mundo? ¿Bastará con decir que «yo»
no soy el «culpable» de todo ese mal? ¿Y quién puede asegurar que no es de
algún modo colaborador con la injusticia? Sería hermoso sí, vivir en un paraíso. Pero en nuestro mundo hay muchas formas de peste. Y todos deberían avergonzarse de ser felices si no están luchando por combatirlas. JLMD
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