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SERGIO Y SU ABUELO El abuelo le quería mucho y se sentía plenamente correspondido por aquel nieto que había cumplido los nueve años. Se llamaba Sergio. Cuando el abuelo le contaba anécdotas de su vida y les añadía «salsa» dejando correr su fantasía para hacerlas más interesantes, Sergio abría desorbitadamente sus ojos penetrantes y vivarachos y dirigía al abuelo su mirada picarona como queriendo decir: «Abuelo, abuelo, te estás pasando, eso que cuentas me parece que es pura imaginación tuya»; no obstante el nieto seguía absorto la narración . Sergio daba en el colegio pruebas de su inteligencia y lo que es más importante, mostraba su ansia de saber. A su corta edad no podía definirse en lo que deseaba ser cuando fuese mayor, no obstante el abuelo le interrogaba, pero el chiquillo evadía la respuesta con una cariñosa sonrisa, porque tal vez su sentido de la responsabilidad, no le permitía precipitarse diciendo, hoy médico y mañana ingeniero, por ejemplo: él prefería esperar a estar seguro. Con el abuelo y Sergio vivía su madre, nuera del primero, que no hija. ¡Cómo quería Sergio a su madre!; le reconocía todas las virtudes y le encontraba todas las gracias. Rosa, que así se llamaba, era una mujer trabajadora, buena ama de casa que servía para todo, decidida para resolver cualquier problema. Nunca la oyó su hijo quejarse de nada, como hacían otras madres que se lamentaban de «esto de aquello y de lo de más allá«; sólo alguna vez le oía decir: «si me sobrara el dinero, me compraría muchas semillas para que las macetas de nuestra terraza tuvieran las flores más bonitas del mundo; ¡sería tan feliz!» Las notas escolares eran esperadas con anticipada alegría, porque siempre eran estupendas y el abuelo se sentía orgulloso de tener un nieto no sólo inteligente -puesto que la inteligencia la da Dios a quien le place- sino de que supiese aprovechar ese don que Dios le había otorgado. A Sergio se le hacía largo llegar a reunir la cantidad necesaria para comprarse la pelota de fútbol que quería llevar con motivo de las excursiones que hacían en el colegio. Por fin, un día dijo a sus amigos: -Ya tengo el dinero suficiente ¡tendremos pelota! Hubo aplausos y saltos de alegría. El profesor les explicó la víspera de una excursión planeada, que irían a un pintoresco pueblecito que se distinguía por su magnífica y famosa floricultura. Uno le preguntó a Sergio: -Oye: ¿dónde está la pelota que ibas a comprar? -No la he comprado; he cambiado de parecer -le contestó-. Hubo gritos de protesta, gritos que apagó el maestro diciendo: -Como sabía por Sergio que no compraría la pelota, yo os he traído ésta. Aquí la tenéis. Se calmaron los ánimos y se olvidó «la jugada» que les había hecho Sergio. Tanto se olvidó, que les pasó desapercibido el que al llegar al pueblo, saliera el muchacho de una tienda, acompañado de su maestro y cargado con un gran paquete. Se terminó felizmente la excursión y nosotros terminamos nuestra narración verídica, diciendo tan sólo que meses después la terraza de la casa de Sergio era la admiración de la vecindad y el orgullo de su madre, esto último no tanto por las magníficas flores, sino por lo que de amor de hijo ellas significaban...
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