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REGALO DE
NAVIDAD Sucedió
en los Estados Unidos, allá por los años treinta del siglo pasado. La niña
apenas contaba trece años, y era una de tantas víctimas de la poliomielitis.
Vivía en una casa confortable, pero solitaria, y todas las mañanas a la misma
hora acostumbraba a tomar el sol en la pequeña terraza, sentada en su silla de
ruedas. A falta de amigos de su edad o vecinos con los que poder charlar, leía
a sus autores preferidos, o sus ojos se extasiaban contemplando los trenes que
pasaban cerca de la casa. En
cierta ocasión a la niña se le ocurrió agitar el pañuelo al paso de un
expreso, el mismo que puntualmente pasaba cada día en aquella hora soleada del
mediodía. Hasta al cabo de tres o cuatro días, el maquinista, llamado Johnny
Streiser, no se dio cuenta de la niña inválida. El ferroviario contestó al
saludo, con el brazo, y sonrió. Desde entonces el intercambio de saludos y
sonrisas se sucedió diariamente. Era, no obstante, una amistad sin diálogo
posible. La distancia, el ruido y la velocidad del expreso impedían la palabra.
Pero Johnny Streiser ideó un medio para saber el nombre de la niña: Sobre una
pancarta de papel escribió en grandes letras pintadas de rojo: «Me llamo
Johnny. ¿Y tú?» La niña leyó perfectamente el letrero, pero no pudo
contestar hasta el día siguiente. Sobre una pancarta escribió en grandes
letras: «MATSY». Johnny
Streiser hizo silbar la locomotora tres veces en señal de haberse enterado. Las
navidades se aproximaban, y una mañana los pasajeros del tren pudieron leer una
pancarta adornada con ramas de muérdago, que colgaba de la baranda, y que decía:
«Felices Pascuas a todos.» Matsy agitaba su pañuelo y sonreía feliz Pero
el «milagro» no ocurrió hasta cuatro días después. La inválida se hallaba
en la terraza como de costumbre, y vio con asombro, como si estuviera viviendo
un sueño imposible, algo que no acertaba a comprender. El expreso de Chicago
acudía a la cita con la puntualidad de siempre, pero esta vez no pasó de
largo. Fue reduciendo velocidad hasta detenerse completamente frente a la casa
de Matsy. La locomotora aparecía adornada con muérdago, y con unas letras que
decían: «Felices Pascuas, Matsy.» Sin
salir de su pasmo, la niña vio descender a Johnny, y a continuación gran número
de pasajeros, que cargados con atractivas cajas atadas con cintas de colores, se
dirigían en tropel hacia la casa. El contenido de las cajas, docenas de ellas,
era fácil de adivinar: regalos de Navidad. La niña inválida lloraba de emoción
y de alegría. Sólo tres minutos fueron concedidos para aquel acto de efusión
y fraternidad humana, y los artífices fueron los pasajeros, entre los cuales se
encontraban personas influyentes, que obtuvieron de la compañía la debida
autorización -privilegio excepcional- para que Johnny pudiera detener el tren
«sin causa justificada». Pero
aquel tren dejó tras si una estela de felicidad, la que proporciona el amor. |
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