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LOS TRES
CORAZONES Decía
fray Luis de Granada que los hombres debíamos tener «para con Dios un corazón
de hijos, para con los hombres un corazón de madre, y para con nosotros mismos
un corazón de juez». Importante
consejo que los hombres solemos cumplir... al revés: teniendo para con Dios un
corazón de súbditos lejanos, para los demás un corazón de juez y para con
nosotros mismos un corazón de madraza perdónalo todo. Y tal vez por eso
funciona tan medianamente el mundo en que vivimos. Tener
para con Dios un corazón lejano es no haberse enterado de nada de la vida
religiosa. Dios o es padre, o es un ídolo. Y resulta que muchos de nosotros nos
hemos fabricado una visión idolátrica de Dios a quien ven o con miedo, porque
se le imaginan más juez que padre, o con interés, como si fuera alguien a
quien hay que engatusar con mimos porque, sin ellos, no nos querría. Pero
resulta que Dios exigente es ante todo Padre, es decir: estimulador, amigo desde
las entrañas, generoso y abierto siempre al perdón y la misericordia. Y aún lo hacemos peor con nuestros hermanos los hombres a quienes contemplamos con la escopeta de la crítica bien montada, dispuestos siempre a ver sus defectos y jamás sus virtudes. Y somos no sólo jueces, sino jueces especialmente duros, más amigos de aplicar fríamente la ley (la de nuestros puntos personales de vista) que de tratar de entenderles y comprenderles. ¡Con qué extraña dureza hablamos los unos de los otros! Y lo llamativo es que nadie nos ha nombrado jueces de nadie, pero nosotros nos auto atribuimos esa función y con frecuencia tenemos ya dictada nuestra sentencia (condenatoria) antes aún de oírles. ¡Como arriba nos juzguen con la medida con la que nosotros medimos..., estaremos listos! En
cambio, qué magnánimos somos a la hora de disculpar nuestros fallos. Qué rara
vez no nos absolvemos en el tribunal de nuestro corazón, dejando la exigencia
para los demás. Incluso en nuestros errores más evidentes encontramos siempre
montañas de atenuantes, de eximentes, de disculpas justif¡catorias. ¡Qué
buenos chicos aparecemos en el espejo de nuestras conciencias debidamente
maquilladas! ¡Qué capacidad de autoengaño tenemos! Habría
que cambiar en el reparto de corazones siguiendo el consejo de fray Luis de
Granada. Bastaría con eso para cambiar el mundo. Queriendo a Dios como hijos
cambiaríamos el miedo por el afán de hacerle feliz. Y este afán no debilitaría
la religión, porque el amor siempre será más obligante que el miedo. Y bastaría
con sentirnos madres de los demás para entregarnos apasionadamente a ayudarles;
al comprenderles, les estimularíamos en lugar de paralizarles con el rayo de
nuestras condenas. Y ellos, al saberse y sentirse queridos, serían, sin mucho más,
mejores. Y si fuéramos para nosotros mismos un juez exigente, no apabullados,
pero sí alguien que señala sin miedos los caminos torcidos en nuestro
interior, ¡qué difícil nos sería dormirnos en los cojines de nuestra
comodidad! Ya
lo saben, amigos: hay que poner en su sitio nuestros tres corazones. José Luis
Martín Descalzo |
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