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LOS TRAPEROS DE EMAÚS L' Abbé Pierre nació el 5 de agosto de 1912, en Lyón, en una familia de ocho hijos. Su verdadero nombre es Henri Groués. Pierre es uno de sus nueve seudónimos en la clandestinidad. A los 18 años entró en los Capuchinos. Ocho años más tarde, por motivos de salud, tuvo que abandonarlos. Caballero de la Legión de Honor; Cruz por méritos de guerra (dos citaciones con emblema) ; Medalla de la Resistencia; Medalla de los Evadidos; Medalla de los Combatientes voluntarios; Medalla de los Guerrilleros belgas. Salvó de la Gestapo a Jacques de Gaulle, hermano del General, y lo condujo a Ginebra, transportándolo en sus brazos para lograr salvar las alambradas espinosas de la frontera suiza. Detenido dos veces, evadido otras tantas, logró llegar a Argel, donde el gobierno provisional de la República francesa le confió una misión cerca del cuerpo diplomático. Después de la guerra, elegido diputado por Meurthe-el-Moselle en las dos asambleas constituyentes, reelegido por la Asamblea nacional, decidió él mismo abandonar la vida política al rehusar en 1951 ser reelegido. En una noche de octubre de 1949, un hombre se presenta a l1'Abbé Pierre. Un antiguo presidiario rechazado de todas partes, condenado a reincidir en el crimen por el pasado al que está vinculado. L'Abbé Pierre decide acogerlo y no la abandonará ya hasta el último aliento. Algún tiempo después una familia entera se le acerca; vive en la calle. Ya tiene junto a sí una multitud de personas cuyos guías las desechan. «He decidido, dice, que se salven por sus propios medios al ordenar sus habilidades en mutuo servicio». Los sin familia se convertirán en traperos para que todos coman; luego en constructores para alojar las familias sin hogar. La Comunidad de Emaús ha nacido. Sus directrices serán: «Nunca jamás, alguno de los nuestros aceptará que su subsistencia dependa de otro medio que de su trabajo, mientras tenga para ello las suficientes fuerzas. El trabajo de todos está al servicio de todos. Ninguno de nosotros será estimado en función de otra cosa que su valor como hombre en el momento presente, sea cual sea su origen, su pasado o sus opiniones. La finalidad de nuestro trabajo común es asegurar la propia libertad y hacer posible la mutua ayuda para desarrollar nuestra cultura profesional, intelectual y moral; socorrer al mayor número de infortunados que nos rodean, demostrando de esta manera dónde se hallan los caminos de la auténtica alegría y de la paz». La comunidad toma a su cargo la alimentación, habitación, vestido y cuidado de todos. Sus miembros se dedican a recoger trapos, papeles, chatarra, muebles viejos, etc. Cada uno recibe en moneda contante sólo una asignación diaria de cien francos viejos, además de algunos cigarrillos. La vida es pobre y decorosa. Comida sencilla, pero abundante. Alojamiento en barracas de madera, dormitorios de diez camas, o a veces pequeñas habitaciones de dos, tres o cuatro lechos. Febrero 1954. La gloria inesperada. La admiración, pero también la oposición. Grandes titulares en todos los periódicos. Campañas de solidaridad. L'Abbé Pierre es una especie de Mesías, que santifica los bajos fondos de la ciudad, moviliza lo que se llama -algo exageradamente- munificencia. ¿Es esto lo que pretende? Los regalos son evidentemente necesarios. Pero bruscamente vieron afluir diariamente muchos millones. Los traperos, de este modo, recogieron en total mil millones (de francos antiguos). Fue necesario mantener a toda costa la serenidad. Fue preciso buscar administradores, ya que ninguno de ellos sabía administrar tales cantidades. Ni un solo día dejaron de hacer la recogida de trapos. Tenían que permanecer fieles a sus directrices de acción. Las comunidades de Emaús se han multiplicado: 27 en Francia, 63 en el mundo entero; construcción de 6.000 viviendas de renta limitada y 1.200 viviendas con acceso a la propiedad en los alrededores de París. L'Abbé Pierre ha recorrido todos los continentes. Ha sido vitoreado, agasajado. Ha vivido episodios conmovedores, dramáticos. Todas sus empresas, tentativas de socorro no son más que una gota de agua ante la tarea que urge realizar. Todas ellas no resuelven el problema esencial: cambiar el ritmo de vida de esas gentes. L'Abbé Pierre lo sabe: «Para cambiar el modo de vivir es preciso aprender a amar a los hombres. A todos los hombres.»
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