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LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR, HOY Al final de la jornada como ecónomo y vicario de la diócesis camerunesa de Sarth me iba a charlar y pasar un buen rato con mis amigos de la calle. En efecto, acababan de crear a las afueras de la ciudad, un pequeño hogar con una docena de críos de los que dormían en el mercado. Intentábamos sacarlos de la calle, enviarlos a la escuela y ponernos en contacto con sus familias. También teníamos un pequeño huerto y, en la estación de las lluvias, un campo para cultivar mijo y cacahuetes. Cada domingo los chavales me esperaban a la salida de la misa. Íbamos al mercado y comprábamos lo necesario para preparar una buena comida. Ellos traían las cazuelas y los instrumentos para cocinar y yo aportaba una vieja furgoneta del obispado con la que nos íbamos al río. Mientras que el equipo de la cocina preparaba la comida, los otros se bañaban organizando carreras, o bien intentaban cazar monos con hondas o pescar con dos o tres metros de hilo y un anzuelo en un extremo. Estas salidas eran para mí un auténtico gozo y para los chavales momentos de distensión, alegría y confianza. En el 98 mis superiores decidieron enviarme a Duala, capital económica del Camerún para vivir en la comunidad del colegio de la Compañía de Jesús. Yo les pedí que me permitiesen trabajar con los niños de la calle, pues sabía que eran uno de los grandes problemas sociales de la ciudad, y me dieron su acuerdo. A mi llegada empecé a colaborar con una asociación que ya existía y me pasé muchos meses intentando ver, oír y no hablar demasiado, en una operación que yo llamo "formar parte del paisaje". Se trata de intentar que, en un ambiente determinado, tu figura y tu presencia no llamen la atención, que sean "normales". Y para eso hace falta sencillamente pasar mucho tiempo procurando "estar" con los ojos y oídos bien abiertos. Imaginaos a un hombre ya de cierta edad, de raza blanca, calvo como una bola de billar, sentado en la acera de una avenida de Duala, rodeado por un grupo de jóvenes de la calle, entre los cuales hay más de uno "planeando" a baja altura, entre los efluvios del pegamento, del alcohol, de la marihuana, o de otras drogas sintéticas. Los transeúntes te miran con curiosidad, a veces con desconfianza. Al principio, algún padre de alumno de nuestro colegio, se quejó a la dirección por el hecho de que un respetable jesuita, se encontrase sentado en una acera de la vía publica, en medio de un grupo de muchachos de la calle. Pero si la curiosidad de los transeúntes es normal, la confianza de los chavales hay que edificarla, y para eso la primera cosa es saber "estar", aprender a "perder" el tiempo estando, escuchando, atendiendo, para "ganar" la cercanía, la costumbre pacificadora de la mutua presencia. Llegar a estar a gusto, tú con los chavales y ellos contigo. Y si eso ocurre, la palabra se hace libre y mutuamente liberadora, se pueden asomar los secretos de corazón, las penas escondidas e incluso las alegrías olvidadas. Entonces se puede empezar a insinuar caminos diferentes de vida y toda la estructura del "Hogar de la Esperanza", que así se llama la organización en la que trabajo, encuentra todo su sentido. El evangelio habla de semillas que son vida y de campos fecundados por la semilla. Nos dice que muchos han sido pisoteados, ahogando en ellos toda la fuerza de la vida. Nuestro trabajo es eso : insinuar que a pesar de los pisotones, la semilla siempre está viva y empuñar la azada, para que labrando juntos la tierra, la semilla pueda germinar, dando frutos de vida en abundancia. Alfonso Ruiz Marrodán
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