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LA GRACIA DE DIOS ACTÚA CUANDO QUIERE
Nunca digas que existen casos perdidos. Hay en el desierto flores que florecen cada muchos años. Si al verlas con sus hojas espinosas dijéramos de ellas «Nunca darán flor» ...¿no nos equivocaríamos? Así somos los hombres. Esperamos resultados inmediatos. Y para Dios no existe el tiempo. Lo cuenta Esteban Sala: «En un pueblo quedó huérfana una niña pequeña. Tenía fama de revoltosa y testaruda. Nadie se prestó a adoptarla. El señor cura y su ama de llaves la acogieron en su casa y la llenaron de cariño y atenciones. Intentaron formarla a todos los niveles, pero ella vivía encerrada en el silencio y la ingratitud. Los lugareños no entendían tanta abnegación, pero el cura y su ama de llaves se mantuvieron constantes en su decisión: -Cristo amó y nosotros debemos amar -repetían incesantemente. Pasaron los años. La enfermedad llamó a la puerta de sus vidas. Murieron santamente. Primero el cura; años después su ama de llaves. Sus bienes los legaron a la joven que habían cuidado. De ella no recibieron el más mínimo afecto, sólo un trato hosco y distante. Hasta el final de sus vidas sobrellevaron ambos la situación con una entereza encomiable. Catalina siguió viviendo en el pueblo, sin fe y procurando hablar lo menos posible. Siendo ya una cuarentona, tuvo, que ser ingresada en un hospital para ser operada. Mostraba dureza con todos. Médicos y enfermeras. En el silencio y la soledad, con el sufrimiento por compañero, empezó a pensar. De repente, algo sucedió. A oscuras, postrada y envuelta en el mayor de los resentimientos, sin saber cómo, entendió que Dios la amaba. Hay experiencias que son inenarrables. Esta es una. Ni los sermones de los curas, ni la abnegación de las religiosas la habían conmovido. A solas, postrada, se encontró con Jesucristo y hablaron. Al regresar a casa y tras largo tiempo de reflexión, optó por entregar a los pobres casi todos sus bienes. Vivía con sencillez y mansedumbre, con austeridad y con alegría. Recordaba con amor a sus padres adoptivos, aquellos a los que tan duramente trató. Oraba abismada en el amor de Dios, sabiéndose perdonada por Él. Y se acercaba a las personas con sincera bondad. En la residencia en que la conocí nadie sabía de su pasado, ni de los bienes a los que había renunciado. Vestida con una bata marrón y siempre dispuesta a ayudar, pasaba largas horas recogida en su habitación, leyendo y reflexionando. Hablaba con Cristo, desde la fe, y buscaba el trato de los más pobres. Del anciano cura y su ama de llaves había aprendido lo esencial, y ahora lo practicaba.»
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